El Club De Los 100 | Bañón

«Imagen. Bañon en acción defendiendo la portería del Real Madrid. Fotografía lagalerna.»
El Real Madrid es un club que recuerda mucho y olvida rápido. Recuerda las Copas de Europa, las noches imposibles, los goles decisivos. Olvida, en cambio, a quienes sostuvieron el edificio cuando aún no era palacio sino andamio. José Bañón Gonzálbez pertenece a esa categoría incómoda: la de los futbolistas importantes que no reclamaron posteridad.
Bañón, el portero que se fue sin hacer ruido
Fue portero del Real Madrid en los años cuarenta. Dicho así suena remoto, casi arqueológico, como si habláramos de una era previa al fútbol moderno, cuando en realidad hablamos de los cimientos mismos del club que hoy se presume universal. Bañón fue titular, fue Zamora, fue internacional, fue garantía. Y, sin embargo, su nombre no se corea. No hay camisetas vintage con su dorsal. No hay documentales que lo rescaten cada aniversario. ¿Por qué? Porque Bañón cometió el mayor pecado posible en el fútbol contemporáneo: se fue.
No se fue por voluntad propia, claro. Se fue porque el cuerpo dijo basta. Problemas pulmonares. Una expresión seca que hoy se despacha en un parte médico y mañana se olvida. En la España de posguerra, sin embargo, eso era una condena seria. No una molestia. No una lesión superable. Una frontera. Bañón se retiró con 27 años, en plena madurez deportiva, cuando aún tenía fútbol por delante y prestigio ganado. Y ahí empieza la verdadera historia.
Antes conviene detenerse en lo que fue como futbolista. Bañón no fue un portero ornamental. No hay en su legado imágenes de vuelos innecesarios ni paradas diseñadas para el aplauso. Era un guardameta sobrio, valiente, de colocación impecable y con una cualidad hoy casi olvidada: seguridad. El defensa sabía que podía arriesgar porque detrás había alguien que respondía. El entrenador sabía que no iba a vivir al borde del infarto. Y la grada, entonces más exigente que indulgente, sabía reconocer al profesional fiable.
El Real Madrid de los cuarenta no era aún el imperio posterior. Era un club grande en un país devastado, con campos duros, viajes incómodos y un fútbol físico, áspero, poco dado al lucimiento. Ser portero en ese contexto no era una posición glamurizada: era una trinchera. Y Bañón la ocupó con solvencia durante seis temporadas. Ganó Copas, fue el menos goleado, defendió el escudo cuando hacerlo no implicaba contratos blindados ni homenajes asegurados.
Luego llegó la enfermedad. Y con ella, el silencio.
Hoy nos cuesta entender lo que significa una retirada sin transición. Estamos acostumbrados a que el futbolista nunca desaparezca del todo. Cambia de rol, de plató, de discurso, pero sigue ahí. El fútbol se ha convertido en una identidad permanente. En los años cuarenta no. En los años cuarenta el fútbol era una etapa de la vida, no una coartada vital. Cuando terminaba, se acababa. Y Bañón aceptó ese final sin dramatizarlo públicamente.
Aquí es donde su figura se vuelve verdaderamente interesante. Porque no hizo nada con su pasado. No lo explotó, no lo rentabilizó, no lo convirtió en argumento. Se fue a vivir una vida normal. Trabajó, formó una familia, protegió su intimidad. No reclamó atención, no exigió reconocimiento, no escribió memorias ni concedió entrevistas tardías. Desapareció del foco sin resentimiento visible.
Ese comportamiento, hoy, resulta casi incomprensible. Hemos construido un ecosistema donde la relevancia pasada otorga derecho a presencia perpetua. Donde el exjugador siente que el mundo le debe algo. Bañón no pensaba así. O, si lo pensó, no lo expresó. Entendió que el Real Madrid estaba por encima de su biografía y que su tiempo había terminado. Y se retiró también del relato.
Sobre su vida personal posterior se sabe poco. Y conviene subrayarlo: poco porque quiso, no porque se le negara. Vivió alejado del ruido, sin conflictos conocidos, sin escándalos, sin ajustes de cuentas. Su hermano fue árbitro, lo que apunta a una familia ligada al deporte desde el trabajo y no desde la exhibición. Una familia de oficio, no de espectáculo.
Ese silencio posterior no debe interpretarse como irrelevancia. Al contrario. Es una forma de dignidad que el fútbol moderno ha perdido casi por completo. La dignidad de quien no necesita explicarse. De quien acepta que una etapa fue importante, pero no eterna. De quien no exige que se le recuerde constantemente para validar lo que fue.
Bañón murió en 1987, a los 65 años. Sin homenajes multitudinarios. Sin relecturas sentimentales. El Real Madrid lo conserva en su memoria institucional, como corresponde. Pero no ha sido objeto de revisionismo ni de apropiaciones oportunistas. Y quizá por eso su figura sigue limpia. No ha sido desgastada por el exceso de relato.

Conviene hacer aquí una reflexión incómoda. El fútbol actual vive obsesionado con la memoria selectiva. Se recuerda lo que conviene y se olvida lo que no genera rendimiento emocional inmediato. Bañón no encaja bien en ese esquema. No dejó una narrativa fácilmente explotable. No hay caída trágica ni redención posterior. No hay frase para la portada. Hay, simplemente, una carrera sólida y una retirada forzosa asumida con naturalidad.
Y sin embargo, su ejemplo es más necesario que nunca. En una época de victimismos constantes, de relatos inflados y de egos desbocados, recordar a Bañón es recordar que el profesionalismo también consiste en saber marcharse. Que no todo merece continuidad. Que no todo debe ser contado una y otra vez. Que la grandeza, a veces, está en la renuncia.
Bañón no pidió que lo recordaran, no exigió homenajes y no reclamó espacio. Precisamente por eso merece ser recordado. Porque representa una forma de entender el Real Madrid que hoy escasea: la del futbolista que sirve al club y no se sirve de él. La del profesional que entiende que el escudo no es una franquicia personal sino una responsabilidad temporal.
Hoy, cuando el fútbol se ha convertido en una conversación infinita y agotadora, su silencio resuena más que muchos discursos. No dejó frases célebres ni gestos icónicos. Dejó una portería bien defendida y una vida vivida con discreción. En un mundo que confunde visibilidad con importancia, eso es casi revolucionario.
Bañón fue un gran portero. Pero, sobre todo, fue algo más raro: un exfutbolista que aceptó dejar de serlo. Y en ese gesto, silencioso y definitivo, hay una lección que el fútbol moderno haría bien en aprender.
Sus datos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023), del que es autor un servidor, son los siguientes:
NOMBRE: José Bañón Gonzálbez.
POSICIÓN: Portero.
NACIMIENTO: 19 de julio de 1922.
LUGAR DE NACIMIENTO: Alicante. España.
FALLECIMIENTO: 21 de abril de 1987.
NACIONALIDAD: España.
DEBUT: 19 de abril de 1943, amistoso, R. Madrid-R. Sociedad, 2-2.
ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 27 de abril de 1949, Copa, R. Madrid-Athletic, 1-3.
ÚLTIMO PARTIDO: 26 de junio de 1949, Trofeo Teresa Herrera, R, Madrid-Racing de Paris, 2-1.
TEMPORADAS: 7
PARTIDOS OFICIALES: 159
LIGA: 132
COPA: 27
VICTORIAS: 81, EMPATES: 30, DERROTAS: 48
TITULAR: 159
SUPLENTE: 0
SUSTITUDO: 0
MINUTOS: 14.310
PARTIDOS COMPLETOS: 159
PARTIDOS AMISTOSOS: 48
GOLES ENCAJADOS: 225
PARTIDOS IMBATIDO: 40.
INTERNACIONAL: 1 vez con España.
TRAYECTORIA: Hércules, Elche, Real Madrid, Alicante.
TÍTULOS CON EL REAL MADRID:
2 Copas.
1 Copa Eva Duarte.
1 Trofeo Zamora.

Un guardameta con mayúsculas. Desconocía su historia. Gracias por compartir el legado que nos dejaron estos jugadores…
Gracias Javi por traernos un nuevo artículo del Club de los 100 y permitirnos conocer a muchos de los que han defendido nuestro escudo. Un abrazo grande y Hala Madrid siempre!!!
Muchas Gracias Javier otro interesantísimo artículo.
Hala Madrid!!!