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JaviDatos

El Club de los 100 | Álvaro Arbeloa

15/01/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Álvaro Arbeloa con la Champions. Fotografía Realmadrid.com»

En el fútbol contemporáneo abunda una especie particularmente ruidosa: el exjugador que, una vez retirado, se dedica a explicarnos su carrera como si hubiera sido una epopeya homérica… y, de paso, a cobrarse en tertulias lo que no cobró en autoestima. En ese ecosistema de vanidad con micro, Álvaro Arbeloa es una rara avis: no fue el más fino, ni el más eléctrico, ni el más viral, pero sí algo mucho más escaso en el mundo del balón: un profesional con brújula moral y sentido institucional.

ÁLVARO ARBELOA: EL CANTERANO QUE VOLVIÓ CON LA CABEZA EN SU SITIO

Arbeloa no se entiende desde el highlight, sino desde el oficio. Y el oficio —como la decencia— no suele llevar música de fondo.

Nacido en Salamanca el 17 de enero de 1983, Arbeloa pertenece a esa estirpe de futbolistas que crecen sin prometer el oro y el moro y acaban sosteniendo, por abajo, estructuras que otros decoran por arriba. Su carrera, con sus curvas, tiene una coherencia interna: formación, trabajo, emigración, regreso, títulos, retirada sin circo y vuelta al club para educar lo que el fútbol moderno amenaza con deseducar.

Arbeloa es canterano del Real Madrid. Entra en la cantera y se incorpora al Juvenil A, iniciando su carrera madridista desde abajo. No hablamos de una visita guiada ni de una anécdota para la Wikipedia: hablamos de años de formación, de competir en el filial y de entender, a base de rutina y golpes de realidad, una verdad que define al club: aquí el escudo no protege, exige.

En aquella etapa, Arbeloa vive además un hito relevante: el ascenso del Castilla a Segunda División (temporada 2004-05), un logro que para un canterano tiene el sabor del barro y la épica verdadera, no la de marketing.

Y llega el momento que fija su condición en piedra: debut oficial con el primer equipo el 17 de octubre de 2004, en Liga, ante el Betis, en el Benito Villamarín. Ese debut es importante no por su peso estadístico, sino por su carga simbólica: Arbeloa cruza la puerta principal, aunque el club de aquellos años —con el primer equipo blindado por fichajes— no fuera precisamente una autopista para laterales del filial.

Al canterano Arbeloa, en todo caso, no lo define lo que le dieron, sino lo que aprendió: orden táctico, disciplina competitiva y esa austeridad mental de quien entiende que el fútbol es un trabajo antes que una identidad de postureo.

En 2006, Arbeloa sale del Real Madrid y encuentra minutos y oficio en el Deportivo. No hay portazos épicos ni lamentos de telenovela: hay carrera profesional. Ese paso por el Dépor es el puente lógico entre el canterano que compite y el futbolista que se gana la vida en la élite.

El salto al Liverpool llega en enero de 2007. Hay constancia pública del acuerdo y del traspaso en aquellos días, tratado como una operación relevante. Y en Anfield, Arbeloa se convierte en lo que siempre fue: un defensa fiable. En Inglaterra no se vive del regate lírico; se vive de resistir, de interpretar, de ser útil cuando el partido se rompe. Arbeloa encaja y se consolida. Es un futbolista que no compone sinfonías, pero no desafina; y eso, en la Premier, es un diploma.

En 2009 vuelve al Real Madrid ya hecho, curtido, sin necesidad de prometer nada. Su segunda etapa como madridista (la de la gloria grande) se resume con una cifra oficial: 238 partidos oficiales con el club y 56 internacionalidades con España.

En el Real Madrid, Arbeloa representa una figura que el fútbol moderno desprecia y luego echa de menos: el jugador que entiende el rol. Ni estrellas ofendidas por el banquillo ni poetas del lateral. Arbeloa fue lateral derecho (a veces izquierdo) de contexto, de partido grande, de entrenador. No necesitaba tocar veinte veces la pelota para sentirse vivo; le bastaba con que el equipo no se partiera.

Y en esa etapa llegan los títulos, que son el idioma del Real Madrid. Gana, entre otros, dos Copas de Europa (2014, 2016) y la Liga 2011-12. Su palmarés madridista está recogido por el propio club en su perfil histórico, donde se subraya su condición de “alma de líder” y su peso como leyenda del Real Madrid.

Con la selección, Arbeloa forma parte del triplete histórico Euro-Mundial-Euro (2008, 2010, 2012). Que no sea el héroe de los posters no cambia el dato duro: estuvo en ese ciclo y suma 56 internacionalidades. Arbeloa fue el tipo de internacional que valora el seleccionador que quiere dormir: el que no improvisa, el que no se desconecta, el que entiende que defender también es un arte, aunque no venda camisetas.

Su último capítulo como jugador es el West Ham United inglés. Y en junio de 2017 anuncia su retirada. Está documentado: decide dejarlo tras una etapa final complicada y sin la motivación necesaria para seguir. Se retira sin arrastrarse por “ligas exóticas” para inflar el currículum o la cuenta corriente: otra rareza, otra decisión coherente.

De su vida privada, lo relevante es precisamente lo que no hay: escándalo, exhibicionismo, drama prefabricado. Arbeloa está casado con Carlota Ruiz y han sido padres de cuatro hijos. Es un dato menor para el juego, pero mayor para el retrato: en un deporte que a menudo fabrica personajes histriónicos, Arbeloa mantiene un perfil familiar y discreto.

Y aquí aparece el Arbeloa que completa el círculo: el que vuelve al club, no a la nostalgia. Tras su etapa en la cantera como entrenador, el Real Madrid comunicó oficialmente que Arbeloa sería entrenador del Castilla a partir de la temporada 2025-26, destacando sus logros previos: el triplete con el Juvenil A en 2022-23 (Liga, Copa del Rey y Copa de Campeones).

Ese dato es capital porque revela que Arbeloa no vive del carnet de exjugador: trabaja, compite, gana y asciende en la estructura. Y lo hace desde una lógica muy madridista: exigencia, orden, responsabilidad.

Arbeloa es, al final, una figura que desconcierta a quien necesita que el fútbol sea solo un entretenimiento sin memoria. Porque Arbeloa es canterano, pero no romantiza la cantera: la entiende como escuela de carácter. Fue profesional, pero no vendió su carrera como una saga épica. Ganó, pero no se apropió de lo colectivo. Se retiró, pero no se convirtió en un predicador del yo.

En el Real Madrid —club donde todo se mide en grande— Arbeloa encarna algo que no sale en los resúmenes: la dignidad del oficio. Y en un fútbol cada vez más lleno de relato y cada vez más vacío de seriedad, eso vale casi tanto como una copa.

Arbeloa celebrando un título en Cibeles. Fotografía Realmadrid.com

Los datos de Arbeloa en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) de la que es autor un servidor, son estos:

 

NOMBRE: Álvaro Arbeloa Coca.

POSICIÓN: Lateral derecho.

NACIMIENTO: 17 de enero de 1983.

LUGAR DE NACIMIENTO: Salamanca. España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 11 de noviembre de 2003, 75º aniversario del Valladolid, Valadolid-R. Madrid, 0-0.

DEBUT OFICIAL: 16 de octubre de 2004, Liga, Betis-R. Madrid, 1-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 8 de mayo de 2016, Liga, R. Madrid-Valencia, 3-2.

TEMPORADAS: 8

PARTIDOS OFICIALES: 238

LIGA: 156

COPA: 33

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 2

COPA DE EUROPA: 46

MUNDIAL DE CLUBES: 1

VICTORIAS: 178, EMPATES: 33, DERROTAS: 27

TITULAR: 206

SUPLENTE: 32

SUSTITUDO: 34

MINUTOS: 18.258

PARTIDOS COMPLETOS: 167

PARTIDOS AMISTOSOS: 47

GOLES: 6

PRIMER GOL: 13 de febrero de 2010, liga, Xerez-R. Madrid, 0-3.

ÚLTIMO GOL: 29 de abril de 2015, liga, R. Madrid-Almería, 3-0.

ASISTENCIAS: 15

INTERNACIONAL: 56 veces con España.

TRAYECTORIA: Categorías inferiores del Real Madrid, Castilla, Real Madrid, Deportivo de la Coruña, Liverpool, Real Madrid, West Ham United.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

1 Liga.

2 Copas.

1 Supercopa de España.

2 Copas de Europa.

1 Supercopa de Europa.

1 Mundial de Clubes.

2 Eurocopas.

1 Mundial.

 

 

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

El Club de los 100 | Antonio Bonet

08/01/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Antonio Bonet.»

Hay futbolistas que nacen con vocación de mito y otros que se ven obligados a ejercer de hombres. Antonio Bonet pertenece a esta segunda estirpe, mucho más incómoda para la historiografía simplista y para el aficionado de Wikipedia rápida. Bonet no fue una leyenda en el sentido moderno del término —no tuvo marketing, ni épica en Technicolor, ni nostalgia televisiva—, pero fue algo que hoy escasea: un futbolista del Real Madrid cuando ser del Real Madrid no garantizaba nada, salvo problemas.

ANTONIO BONET O CUANDO EL REAL MADRID AÚN NO ERA INMORTAL

Nacido en 1908 en Caudiel, un pueblo castellonense que no figura en los mapas sentimentales del fútbol español, Bonet llegó al Real Madrid en 1930. Aquel Madrid no era aún el coloso global, pero sí un club con vocación aristocrática, con gusto por el juego limpio, con una elegancia que se confundía a menudo con fragilidad. El Bernabéu aún no era Bernabéu. Chamartín era un campo y no un templo. Y España era un país que confundía el futuro con la bronca.

Bonet jugaba de centrocampista. Conviene detenerse aquí. Ser centrocampista en los años treinta no tenía nada que ver con las coreografías actuales ni con los mapas de calor. Era correr, chocar, recibir patadas, ordenar el juego y desaparecer de la crónica. Era sostener al equipo sin aplausos. Bonet hizo eso durante más de una década, acumulando más de ciento treinta partidos oficiales con el Real Madrid, ganando Ligas, Copas y campeonatos regionales en una época en la que el fútbol todavía se jugaba con barro, miedo y convicción.

Compartió vestuario con Ricardo Zamora, icono y personalidad avasalladora, y no desentonó. Eso ya dice mucho. Porque convivir con Zamora exigía carácter, silencio y oficio. Bonet tenía las tres cosas. No era el que gritaba, ni el que posaba, ni el que salía en la foto. Era el que estaba. Y en el fútbol (como en la vida), estar cuando todo se desmorona es una forma elevada de heroísmo.

Luego llegó la Guerra Civil. Y aquí es donde Antonio Bonet se convierte en una figura profundamente incómoda para el relato oficial del antimadridismo militante. Porque Bonet jugó en el Real Madrid durante la República, vivió la guerra en Madrid y continuó vinculado al club después, sin cambiar de camiseta ideológica según soplara el viento. Eso, en España, era casi una provocación.

La guerra le sorprendió en Madrid. No hay constancia de grandes discursos, ni de gestos altisonantes, ni de posicionamientos de salón. Bonet hizo lo que hicieron muchos españoles anónimos: sobrevivir. Participó en partidos benéficos, jugó cuando el fútbol servía para algo tan básico como distraer del hambre y del miedo, y se mantuvo al margen de la épica impostada que tanto gusta reconstruir décadas después, cuando ya no hay riesgo personal.

Antonio Bonet en segundo plano durante un entrenamiento del Real Madrid.

Algunos quisieron etiquetarlo como “republicano”. Otros, más tarde, prefirieron olvidarlo. Ambas cosas son igual de injustas. Bonet fue, ante todo, futbolista del Real Madrid. Y eso, durante la República, durante la guerra y durante la posguerra, no encajaba bien en ningún relato cómodo. De hecho, Bonet fue el último jugador del Real Madrid en activo procedente de aquella etapa republicana. Un vestigio viviente que desmonta la fantasía de un club nacido de una dictadura que aún no existía cuando él ya vestía de blanco.

Tras abandonar el Real Madrid en 1940, Bonet siguió ligado al fútbol. Jugó y entrenó en Granada, dirigió al Murcia, al Córdoba, al Hércules, al Levante, a la Cultural Leonesa, al Badajoz, al Caudal… España entera cabe en su currículum. No la España de los despachos, sino la de los campos modestos, los viajes interminables y los vestuarios sin calefacción. Fue entrenador de oficio, no de dogma. Enseñó fútbol sin evangelizar. Trabajó sin hacer ruido.

Nunca buscó reconocimiento. Nunca reclamó memoria. Nunca se apuntó al victimismo retrospectivo tan rentable hoy. En lo personal fue discreto, aficionado a la pesca, hombre de pueblo incluso cuando había conocido la élite. Murió en 1993, cuando el fútbol ya había iniciado su mutación hacia el espectáculo permanente, las tertulias histéricas y la superioridad moral por decreto.

Y quizá por eso Antonio Bonet importa tanto hoy. Porque representa un Real Madrid anterior a la propaganda, anterior a la demonización sistemática, anterior a la caricatura política. Un Real Madrid que no necesitaba justificarse porque simplemente existía. Un club que atravesó la República, la guerra y la posguerra sin renunciar a su identidad ni a su elegancia. Un club que sobrevivió porque tuvo futbolistas como Bonet: sobrios, resistentes, silenciosos.

El Real Madrid no se construyó solo con Copas de Europa. Se construyó también con hombres como Antonio Bonet, que jugaron cuando no había focos, que resistieron cuando el país se rompía y que no pidieron nada a cambio. Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia: es un acto de higiene histórica.

Porque mientras algunos siguen empeñados en contar la historia del fútbol español como una fábula moral con buenos y malos perfectamente definidos, Antonio Bonet sigue ahí, atravesando el relato como una piedra en el zapato. Y eso, precisamente eso, es profundamente madridista.

Sus números en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: Antonio Bonet Silvestre.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 14 de agosto de 1908.

LUGAR DE NACIMIENTO: Caudiel (Castellón). España.

FALLECIMIENTO: marzo de 1993.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 22 de junio de 1930, amistoso, Valencia-R. Madrid, 1-3.

DEBUT OFICIAL: 14 de septiembre de 1930, Campeonato Regional, R. Madrid-Nacional, 4-2.

ÚLTIMO PARTIDO: 30 de junio de 1940, Copa (Final), R. Madrid-Espanyol, 2-3.

TEMPORADAS: 7

PARTIDOS OFICIALES: 131

            LIGA: 58

            COPA: 40

            CAMPEONATO REGIONAL: 5

            CAMPEONATO MANCOMUNADO: 28

            VICTORIAS: 90, EMPATES: 18, DERROTAS: 23

TITULAR: 131

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 11.820

PARTIDOS COMPLETOS: 131

PARTIDOS AMISTOSOS: 35

GOLES: 1

ÚNICO GOL: 18 de octubre de 1931, Campeonato Mancomunado, Valladolid-Madrid FC, 0-6.

ASISTENCIAS: 2

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Granada, Real Madrid.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Ligas.

2 Copas.

1 Campeonato Regional.

5 Campeonatos Mancomunados.

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

EL CLUB DE LOS 100 | ÁNGEL DE LOS SANTOS

03/12/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Ángel De Los Santos. Fotografía DBfutbol»

Hay futbolistas que nacen con pósters, focos, bailes en TikTok, tatuajes de 400 euros la línea y la autoestima inflada desde infantiles. Y luego está Ángel de los Santos. Uno de esos hombres que defendieron el escudo del Real Madrid en una época en la que la palabra profesional significaba sacrificio, sudor y silencio, no campañas de marketing, documentales de Amazon o rituales de influencer.

ÁNGEL: EL MEDIOCENTRO QUE PREFERÍA LEER A POSAR

Nació en Huelva, tierra de sal, pescadores y dignidad obrera, el 3 de noviembre de 1952, y llegó al fútbol sin promesas mesiánicas ni panfletos épicos. Ni La Fábrica, ni clubes élite, ni padrinazgos: simplemente un chaval al que se le daba bien recuperar balones y al que jamás le tembló la pierna en un campo embarrado con la lluvia entrando de lado. Un trabajador, uno de esos que hoy llamaríamos, con tono de superioridad millennial, un perfil gris. Gris… pero fundamental.

Su carrera empezó en el Recreativo de Huelva, luego San Andrés, después Jaén, todos ellos en Segunda División, donde descubrió que el centro del campo no es glamour: es guerra. Donde aprendió que hay que morder, pero con clase. Donde entendió que la humildad manda porque el fútbol, como la vida, se encarga de humillar a quien se cree imprescindible.

Y sin embargo —o precisamente por eso— un día llegó el salto grande: la UD Salamanca. Ahí brilló. No como genio técnico, ni como mago del balón, sino como lo que era: un futbolista fiable, inteligente, tácticamente educado sin necesidad de entrenador espectáculo. Un jugador que hacía mejores a los de alrededor sin gritarlo al mundo.

Ese Salamanca fue su trampolín. Y en 1979, el Real Madrid —el de verdad, el que no tenía community manager ni cuentas de Instagram ni psicólogo deportivo para explicar por qué un córner mal sacado puede traumatizarte— llamó a su puerta.

Y Ángel entró.

Los números dicen mucho, pero en su caso dicen lo necesario: 235 partidos con el Real Madrid entre 1979 y 1985. Una Liga, dos Copas del Rey, la Copa de la Liga, y la legendaria Copa de la UEFA de 1985, esa que celebró con una pierna escayolada mientras el resto alzaba el trofeo en el césped. Una imagen preciosa del fútbol antiguo: el héroe que sufre en la sombra sin reclamar aplausos.

En su primera temporada lo jugó todo: Liga, Copa, Copa de Europa. Era titularísimo. El tipo llegó sin ruido y se ganó su espacio sin pedir permiso, a golpe de criterio, pulmones y responsabilidad.

No era Juanito, ni Santillana, ni Cunningham; no era luz, era engranaje. No era póster: era cimental.

Y aun así dejó momentos grabados en oro merengue. Uno de ellos, el gol en la final de Copa del Rey de 1982 ante el Sporting: entró al campo en el minuto 52, y cinco minutos después marcó el 2-1 que acabó siendo definitivo. Un gol sin épica estética, pero con la épica real de lo que vale: títulos.

Ángel De Los Santos. Elsitiodemiscromos.com

Ángel tenía algo raro para su tiempo y totalmente escandaloso para la actual fauna futbolística: le gustaba leer.

Mientras otros apuntaban a la discoteca, él terminaba un capítulo. Mientras algunos jugaban al mus en las concentraciones, él hojeaba un libro. No porque quisiera jugar a intelectual —eso habría sido insoportable— sino porque entendía que el cerebro hay que alimentarlo igual que las piernas.

Era también bilingüe. Hablaba inglés —no el inglés de «my friend, my friend» que hoy exhiben los influencers del balón, sino el inglés real—. Y eso permitió algo inolvidable: fue uno de los pocos que logró hacer sentir bienvenido a Laurie Cunningham, jugador inglés que llegó al club y referente de elegancia. Ángel fue puente cultural en un vestuario que, aunque no lo parezca, podía ser una jungla silenciosa.

Si hubiera jugado hoy, lo habrían invitado a tertulias, podcasts culturales, entrevistas profundas. En los años 80 del siglo XX, simplemente jugaba y callaba.

Y qué descanso produce, visto desde el 2025.

No sólo jugaba: pensaba el fútbol. Y pensarlo le llevó a defender a los futbolistas desde dentro.

Formó parte de la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE). No en foto, sino activamente. Fue vicepresidente. Peleó por condiciones dignas en un tiempo en que el futbolista medio podía acabar arruinado cinco años después de retirarse.

Cuando hubo que hacer huelga, la hizo. No buscó quedar bien con prensa o afición. Entendió que los derechos no se defienden con miedo.

Hoy, con contratos millonarios, representantes, psicólogos de rendimiento y abogados en nómina, su compromiso parece casi romántico.

El final en el Madrid llegó sin drama, como llegan las cosas inevitables: edad, nuevas generaciones, nuevas dinámicas. Se fue en 1985. Aún jugó una temporada más en Salamanca, y después, mientras otros se empeñaban en seguir arrastrándose por categorías bajas para evitar enfrentarse a la vida real, Ángel hizo algo excepcional: colgó las botas y empezó otra vida.

Se instaló en Salamanca. Crió a sus hijos. Montó una asesoría fiscal. Trabajó. Vivió. La fama no lo poseyó ni le pidió pleitesía. Él la dejó marchar sin miedo.

Eso requiere carácter. Mucho más del que exige un derbi.

¿Quién es Ángel de los Santos hoy?

No es un mito mediático. No sale en tertulias chilladas. No vive del recuerdo impostado. Vive como un hombre que hizo bien su trabajo donde le tocó, y después siguió adelante sin convertir su pasado en pedestal ni prisión.

Representa un tipo de futbolista que ya casi no existe: el futbolista adulto.

No el personaje, no el producto, no el algoritmo.

Un jugador que sabía que el fútbol era parte de su vida, no toda su identidad.

Un madridista sin estridencias. Un profesional sin escaparate. Un hombre con cabeza, piernas y principios.

 

Los datos de Ángel de los Santos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) escrita por un servidor de ustedes, son los siguientes:

NOMBRE: Ángel de los Santos Cano.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 3 de enero de 1952.

LUGAR DE NACIMIENTO: Huelva. España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 4 de agosto de 1979, amistoso, Maastrich-R. Madrid, 1-1.

DEBUT OFICIAL: 9 de septiembre de 1979, Liga, R. Madrid-Valencia, 3-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 7 de abril de 1985, Liga, R. Madrid-At. Madrid, 0-4.

TEMPORADAS: 6

PARTIDOS OFICIALES: 235

LIGA: 161

COPA: 30

COPA DE LA LIGA: 7

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 2

COPA DE EUROPA: 17

RECOPA: 9

COPA DE LA UEFA: 9

VICTORIAS: 131, EMPATES: 54, DERROTAS: 50

TITULAR: 213

SUPLENTE: 22

SUSTITUDO: 22

MINUTOS: 19.393

PARTIDOS COMPLETOS: 185

PARTIDOS AMISTOSOS: 67

GOLES: 13

PRIMER GOL: 16 de diciembre de 1979, Liga, Málaga-R. Madrid, 1-4.

ÚLTIMO GOL: 22 de febrero de 1984, Copa, Deportivo-R. Madrid, 2-1.

ASISTENCIAS: 23

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Recreativo de Huelva, Sant Andreu, Real Jaén, Salamanca, Real Madrid, Salamanca.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

1 Liga.

2 Copas.

1 Copa de la Liga.

1 Copa de la UEFA.

 

Les dejo como siempre: Ser el Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

El Club de los 100 | Amavisca

21/11/2025 por JaviDatos JaviDatos

Amavisca Gárate, debemos volver al origen, a la brisa salada de Laredo, en Cantabria. Amavisca no procede de las luminosas canteras mediáticas, sino del fútbol de esparto y barro. Su padre, Emilio Amavisca Albo, ya había conocido la vida del profesional en equipos como el Pontevedra, pero José Emilio tuvo que abrirse camino sin atajos, con la única ayuda de una zancada prodigiosa y una voluntad inquebrantable.

AMAVISCA: EL PUÑAL DE LAREDO

Su primer contacto serio con la disciplina fue en el modesto C. D. Laredo. Allí, en la Tercera División, este joven extremo zurdo (aunque jugara habitualmente por la derecha) empezó a desarrollar esa capacidad innata para superar al lateral por pura potencia y fe. En un fútbol que comenzaba a abrazar la velocidad y el músculo, Amavisca era un prototipo de modernidad envuelto en la camisa de un jugador de pueblo.

En 1989, el salto a la élite llegó de la mano del Real Valladolid. El Pucela fue su puerta de entrada, el primer gran escenario donde tuvo que demostrar que el talento de la Tercera valía para la Primera División. Su primera etapa en Zorrilla fue la de la aclimatación, el aprendizaje crucial de que la exigencia no perdona. No brilló de inmediato, no fue un fenómeno, sino un prometedor activo que necesitaba horas de vuelo y minutos de competición real, lejos de la presión de los grandes focos.

Para madurar, para curtirse, la dirección deportiva de Valladolid optó por una cesión. Y así, Amavisca recaló en el U. E. Lleida en la temporada 1991-92, compitiendo en Segunda División. Este movimiento, a menudo ignorado en las grandes crónicas, fue vital. En la categoría de plata, el fútbol es un ejercicio de supervivencia, de lucha cuerpo a cuerpo. Lejos de la presión, Amavisca se convirtió en un jugador más completo, más consciente de sus posibilidades.

Pero el destino, que a veces escribe rectas en el currículum, tenía un plan mayúsculo para él.

Mientras completaba su cesión en Lleida, el nombre de Amavisca resonó en las convocatorias de la Selección Española Olímpica dirigida por Vicente Miera. Y aquí es donde su carrera adquiere una dimensión histórica y mediática irreversible.

Los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 no fueron una simple cita deportiva; fueron el escaparate mundial de una generación dorada del fútbol español. Amavisca, junto a Kiko, Alfonso, Guardiola, Luis Enrique y Abelardo, se colgó la Medalla de Oro tras una agónica final contra Polonia en el Camp Nou (3-2).

Este triunfo le proporcionó la credencial definitiva. Ya no era solo el prometedor extremo del Valladolid; era un campeón olímpico, un futbolista con una chapa internacional que lo distinguía. Volvió a Valladolid en el verano de 1992, pero con un aura muy diferente, con la confianza que da el éxito bajo presión.

En su segunda etapa en el Real Valladolid, Amavisca se convirtió en el futbolista que el Real Madrid ficharía. Dos temporadas sólidas, repletas de goles (sumó 10 en total) y, lo más importante, de asistencias. Se había pulido el diamante: su control era mejor, su toma de decisiones más rápida, y esa zancada brutal ya no era solo potencia, sino una herramienta táctica. Era un jugador total de banda, capaz de sacrificar en defensa y de desequilibrar en ataque. Su nombre ya no era un murmullo de scouting; era un grito en las redacciones deportivas.

La prensa, que ya apuntaba a la necesidad de reforzar las alas de los grandes, lo colocó en las agendas de los clubes top. Y como siempre ocurre en las grandes historias, el Real Madrid, bajo la nueva dirección de Jorge Valdano, lo detectó como la pieza de ingeniería que faltaba para un ataque más vertical y veloz.

Tras conquistar la Séptima y la Intercontinental, y tras un ciclo en el Madrid que fue, por momentos, brillante y por otros, de necesaria resistencia ante los caprichos de los entrenadores, Amavisca tomó una de las decisiones más honestas de su carrera: volver a casa.

José Emilio Amavisca en su etapa madridista.

En 1999, recaló en el Racing de Santander. Este movimiento no fue un paso atrás; fue un acto de carácter. En lugar de languidecer en un banquillo de un gigante, eligió ser el líder de un club que sentía como propio, un faro para sus paisanos. Tres temporadas completas al servicio del Racing, donde fue el principal referente ofensivo y un capitán sin brazalete. Demostró que el brillo de la gloria no le había quitado el hambre ni la humildad del trabajo diario. Fue el Amavisca más maduro, el que entendía el juego desde la experiencia y la calma.

Cuando parecía que su carrera entraba en la curva final, llegó la llamada desde Galicia: el Deportivo de La Coruña. ¡Y menuda época! Amavisca se incorporó al Súper Dépor de Javier Irureta en 2002. No fue un protagonista absoluto, no era el Amavisca de 1995, pero fue un jugador de rotación de altísima calidad, fundamental para mantener la tensión competitiva de una plantilla diseñada para pelear con los grandes de Europa.

Y en A Coruña, Amavisca alzó la que sería su última gran conquista: la Copa del Rey de 2002, conocida como el Centenariazo, una victoria épica en la mismísima casa del Real Madrid. Este triunfo, lejos de ser una revancha, certifica la profesionalidad de Amavisca, capaz de adaptarse a un nuevo rol y seguir sumando gloria a su palmarés. Permaneció tres temporadas en Riazor, viviendo la edad de oro del club gallego, compitiendo en Champions y demostrando una longevidad que escasea en el fútbol actual.

Finalmente, puso un broche de oro a su carrera en el R. C. D. Espanyol en 2005. Fue un final de temporada corto, pero significativo. Amavisca contribuyó a la clasificación del club perico para la Copa de la UEFA, dejando su última impronta de éxito antes de colgar las botas. Se retiró como había vivido: sumando, ganando, y contribuyendo a los objetivos del equipo.

La carrera profesional de José Emilio Amavisca es un espejo donde deberían mirarse los jóvenes de hoy. Un recorrido que abarca desde la Tercera División hasta la cúspide continental, salpicado de títulos y de un reconocimiento más importante que los Balones de Oro: el respeto de la afición.

Su nombre se asocia inevitablemente al Real Madrid, al puñal por la banda izquierda que asistía a Zamorano, al campeón de la Séptima. Pero su historia completa es mucho más rica. Es la historia de un profesional que nunca dejó de mejorar, que supo ser líder en el Racing y pieza clave en el Dépor, un jugador que siempre antepuso el colectivo al lucimiento individual. Amavisca fue la perfecta conjunción de la velocidad del rayo y la calma del norte, el extremo que demostró que el talento sin trabajo es estéril, y que el éxito se conquista con las botas embarradas.

Su legado no son solo sus trofeos; es el ejemplo de una carrera digna, honesta y brutalmente efectiva. Un jugador que hoy, en un fútbol saturado de marketing, se recuerda como un oasis de autenticidad.

Sus datos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: José Emilio Amavisca Gárate.

POSICIÓN: Extremo izquierdo.

NACIMIENTO: 19 de junio de 1971.

LUGAR DE NACIMIENTO: Laredo (Cantabria). España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 26 de julio de 1994, amistoso, Stade Nyonnais-R. Madrid, 1-6.

DEBUT OFICIAL: 3 de septiembre de 1994, Liga, Sevilla-R. Madrid, 1-4.

ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 20 de mayo de 1998, Copa de Europa (Final) R. Madrid-Juventus, 1-0.

ÚLTIMO PARTIDO: 30 de diciembre de 1998, partido pro damnificados por el huracán Mitch, R. Madrid-At. Madrid, 0-2.

TEMPORADAS: 4

PARTIDOS OFICIALES: 144

LIGA: 113

COPA: 9

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 3

COPA DE EUROPA: 13

COPA DE LA UEFA: 6

VICTORIAS: 77, EMPATES: 35, DERROTAS: 32

TITULAR: 108

SUPLENTE: 36

SUSTITUDO: 45

MINUTOS: 9.520

PARTIDOS COMPLETOS: 63

PARTIDOS AMISTOSOS: 58

GOLES MARCADOS: 14

PRIMER GOL: 14 de septiembre de 1994, Liga, R. Madrid-Athletic, 4-0.

ÚLTIMO GOL: 14 de enero de 1996, Liga, R. Madrid-Zaragoza, 2-2.

DOBLETES: 1.

ASISTENCIAS: 21

INTERNACIONAL: 15 veces con España.

TRAYECTORIA: Real Valladolid, Lleida, Real Valladolid, Real Madrid, Racing de Santander, Deportivo de la Coruña, Espanyol.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Ligas.

1 Supercopa de España.

1 Copa de Europa.

1 Copa Intercontinental.

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EL CLUB DE LOS 100 | AMANCIO

05/11/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Amancio en acción durante un partido. Fotografía Linkedln.»

Amancio Amaro Varela nació en La Coruña el 16 de octubre de 1939, en una España que aún respiraba polvo y cartillas de racionamiento. De niño, jugaba al fútbol en cualquier descampado donde cupiera un balón, y como casi todos los gallegos de su generación, lo hizo con más hambre que medios. Tenía la humildad de los orígenes duros y la ambición de quien sabe que en la vida, o regateas o te arrollan. Fue en el Victoria Club de Fútbol donde empezó a despuntar, a los quince años, y en el Deportivo de La Coruña donde se convirtió en un talento imposible de esconder. En la temporada 1961–62 fue máximo goleador de Segunda División, y su nombre empezó a circular entre los grandes como el de un extremo que hacía magia por la derecha. Por eso, cuando el Real Madrid llamó a su puerta en 1962, no era un capricho: era destino.

Amancio. El brujo

Aquel fichaje fue, dicen, una epopeya. El Madrid de Bernabéu necesitaba renovar la piel tras la era de Di Stéfano y Puskás, y Amancio era el elegido. El Deportivo lo vendió como quien se desprende de una joya familiar: caro, con lágrimas y orgullo. Al llegar a la capital, Raimundo Saporta lo recibió con sorna castiza. Amancio llevaba una cazadora de piel vuelta, de esas que en A Coruña daban abrigo y aquí daban tema, y Saporta le soltó: “¿Dónde has dejado las ovejas?”. El gallego sonrió, tomó nota, y se dedicó a driblar hasta que nadie volvió a reírse de él.

En el campo fue un artista. El Brujo, le llamaron, porque parecía tener pacto con el balón. Jugaba por la derecha, con esa mezcla de elegancia y mala intención que tienen los elegidos. No sólo regateaba, también humillaba, pero con estilo. “Me llamaban chupón y a mucha honra”, dijo una vez. Cada jugada era un desafío, un reto personal contra el aburrimiento. Su fútbol tenía algo de danza y algo de rebelión. En el Madrid ganó nueve Ligas, tres Copas y la Sexta Copa de Europa, la de los yeyés, aquella en la que un equipo de muchachos españoles volvió a levantar el trofeo más grande del continente. Fue el símbolo de una transición, el hilo blanco que cosió las glorias del pasado con las del futuro.

Con la selección española también dejó huella: 42 partidos, 11 goles y una Eurocopa en 1964, la única que España conquistó hasta los años de Iniesta. Formaba parte de una generación de hombres serios, con el cabello engominado y la mirada limpia, que jugaban sin tatuajes, sin redes sociales y sin representante, pero con un sentido del honor que hoy parece ciencia ficción.

Al retirarse en 1976, Amancio no se marchó. Era de esos jugadores que no entienden la jubilación porque el balón no se va de la sangre. Se quedó en el club, primero formando a jóvenes y luego dirigiendo al Castilla. Allí hizo algo que pocos recuerdan como merece: ganó la Segunda División con un equipo filial. Y más aún, descubrió y formó a la Quinta del Buitre. Míchel, Butragueño, Martín Vázquez, Sanchís, Pardeza… todos pasaron por sus manos. Él los miraba como un padre mira a sus hijos cuando aprenden a conducir: con orgullo y con temor. Los enseñó a jugar con inteligencia, con clase, con ese orgullo callado que había mamado desde niño.

En 1984 subió al primer equipo como entrenador. No tuvo suerte. El banquillo blanco siempre fue un potro de tortura, y ni siquiera un mito como él pudo domarlo. Lo cesaron al año siguiente, sin rencor pero con la herida que dejan las cosas injustas. Sin embargo, su vínculo con el Real Madrid siguió intacto. En 2000 Florentino Pérez lo incorporó a la Junta Directiva, y en 2022, ya con el cabello blanco y la mirada sabia, fue nombrado Presidente de Honor del club. El círculo se cerraba como debía: con respeto, gratitud y memoria.

Fuera del campo, Amancio fue discreto. Casado con Consuelo Vicente Noya, tuvo seis hijos —Óscar, Belén, Amancio, Patricia, Marcos y Claudia— y una docena de nietos. Pasaba los veranos en Oleiros, en su casa de Santa Cristina, donde se le podía ver paseando por la playa, sin escoltas ni aspavientos. Uno de sus nietos llegó incluso a jugar en el juvenil del Madrid, como si el destino quisiera mantener la estirpe. No fue hombre de fiestas ni de titulares: fue de los que preferían el café tranquilo, la conversación breve y el trabajo bien hecho.

El 21 de febrero de 2023 murió en Madrid, a los 83 años. El club entero lo despidió con honores. Florentino Pérez habló de él con voz temblorosa: “Llevaba al Real Madrid en su corazón”. En los homenajes se mezclaban veteranos y niños, gallegos y madrileños, todos conscientes de que se iba un trozo de historia. En el Bernabéu, las fotos de aquel extremo con cara de chico bueno y mirada desafiante recordaban que hubo un tiempo en que el fútbol era arte y no negocio.

Amancio con los trofeos que conquistó con el equipo. Fotografía Realmadrid.com

Amancio fue eso: arte, coraje y decencia. Un hombre que vivió el fútbol como se vive la vida cuando se tiene carácter: sin hacer ruido, pero dejando huella. Fue el puente entre el Madrid de Di Stéfano y el de la Quinta, entre el barro gallego y el mármol del Bernabéu. Y sobre todo, fue el ejemplo de que el talento, cuando va acompañado de humildad, puede convertirse en leyenda.

Hoy su nombre está en la historia blanca como un conjuro: Amancio, El Brujo. El hombre que hizo del regate una forma de resistencia y del Real Madrid su segunda piel.

Sus números en el Real Madrid, extraídos de la obra “Veteranos y Noveles” (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: Amancio Amaro Varela.

POSICIÓN: Extremo derecho.

NACIMIENTO: 16 de octubre de 1939.

LUGAR DE NACIMIENTO: A Coruña. España.

FALLECIMIENTO: 21 de febrero de 2023

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 19 de agosto de 1962, amistoso, Black Stars-R. Madrid, 3-3.

DEBUT OFICIAL: 5 de septiembre de 1962, Copa de Europa, R. Madrid-Anderlecht, 3-3.

ÚLTIMO PARTIDO: 16 de mayo de 1976, liga, R. Madrid-At. Madrid, 1-0.

TEMPORADAS: 14

PARTIDOS OFICIALES: 471

LIGA: 344

COPA: 58

COPA DE EUROPA: 52

RECOPA: 11

COPA DE LA UEFA: 4

COPA INTERCONTINENTAL: 2

VICTORIAS: 264, EMPATES: 107, DERROTAS: 100

TITULAR: 469

SUPLENTE: 2

SUSTITUDO: 45

MINUTOS: 37.329

PARTIDOS COMPLETOS: 384

PARTIDOS AMISTOSOS: 97

GOLES: 155

PRIMER GOL: 16 de septiembre de 1962, Liga, Betis-R. Madrid, 2-5.

ÚLTIMO GOL: 27 de marzo de 1976, Liga, R. Madrid-Sporting, 2-0.

HAT TRICKS: 6,

DOBLETES: 16.

ASISTENCIAS: 122

INTERNACIONAL: 42 veces con España.

TRAYECTORIA: Deportivo de la Coruña, Real Madrid.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

9 Ligas.

3 Copas.

1 Copa de Europa.

1 Eurocopa.

2 Trofeos Pichichi.

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EL CLUB DE LOS 100 | ALSÚA I

29/10/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Antonio Alsúa Alonso, jugador del Real Madrid. Fotografía X jugadores del Real Madrid 1.»

En la historia del Real Madrid hay héroes visibles y héroes de andamio. Los primeros aparecen en los carteles, en las portadas, en las figuritas del álbum; los segundos, en cambio, se quedaron en el cemento del estadio, en la lealtad del escudo y en las cifras que nadie recita pero que lo sostienen todo. Antonio Alsúa Alonso, más conocido como Alsúa I, pertenece a esa aristocracia obrera de los cimientos. Un hombre nacido en Irún en 1919, en una España que olía a carbón, humedad y posguerra, y que acabaría siendo uno de los futbolistas que dieron forma al Real Madrid moderno antes de que llegaran las trompetas de la gloria.

ALSÚA I: EL MEDIOCENTRO QUE SOSTUVO AL MADRID CUANDO SOLO LO SOSTENÍA EL ORGULLO

 Su ficha, leída con frialdad, podría parecer discreta: mediocampista, 177 partidos oficiales con el Real Madrid, 46 goles, dos Copas de España y una Eva Duarte. Pero quien mire esas cifras sin contexto no entenderá nada. Porque cuando Alsúa I vistió la camiseta blanca, el club todavía no tenía ni las vitrinas relucientes ni la hegemonía continental que lo harían inmortal. Lo que tenía eran hombres —no figuras— que jugaban por algo más que una nómina. Y Alsúa I era de esos que no necesitaban el brillo para parecer grandes. Le bastaba el balón, una zancada elegante y una puntería poco común para un centrocampista.

Nació futbolísticamente en el Real Unión de Irún, aquel club casi romántico que había sido campeón de España en los años veinte. Desde allí lo fichó el Real Madrid en 1941, cuando España aún contaba los escombros de la guerra y Chamartín era más una aspiración que un estadio. Con 22 años, Alsúa aterrizó en un equipo que luchaba contra todo: la precariedad, la irregularidad y el peso de reconstruirse sin más gasolina que la dignidad. Pero ahí estaba él, incansable, disciplinado, con ese aire de futbolista que no presume pero manda.

Durante ocho temporadas defendió el blanco con una constancia admirable. En una época sin televisión, sin titulares estridentes, sin agentes ni redes sociales, Alsúa I se limitó a jugar bien. Era un centrocampista de los que entienden el juego como una sinfonía: equilibrio, pausa, inteligencia. Tenía, además, un instinto para el gol que habría hecho fortuna en tiempos modernos. Cuarenta y seis dianas no son poca cosa para quien no vivía pegado al área. De hecho, un 2 de febrero de 1947, en un partido de Liga contra el Castellón, se permitió un exceso impropio de su modestia: cinco goles en un solo encuentro. Cinco. En una época en la que el balón pesaba como un ladrillo y los defensas te dejaban el tobillo de recuerdo.

En el vestuario se le conocía como Alsúa I porque su hermano, Rafael, también llegó a la élite como delantero. Rafael fue el talento más mediático; Antonio, la estructura. Uno hacía ruido; el otro, historia. Cuando el Real Madrid ganó las Copas del 46 y del 47, Antonio estaba allí, sosteniendo el medio campo con la naturalidad de quien no necesita un titular para sentirse imprescindible. Después se marchó al Gimnàstic, al Lérida y al Alavés, donde incluso ejerció de jugador-entrenador. Fue una carrera coherente, digna, como las de antes: sin histeria, sin agentes italianos, sin comunicados en redes.

Dicen que murió en Irún en 1998, casi en silencio, como vivió. Pero su nombre sigue colgado en la web oficial del club, en la sección de “Leyendas”. Y no por nostalgia institucional, sino porque sin tipos como Alsúa I el Real Madrid jamás habría llegado a ser lo que es. Los grandes títulos europeos, las Copas de Europa, los Balones de Oro… todo eso se construyó sobre los pies anónimos de hombres que jugaron cuando lo único que se ganaba era respeto.

Alsúa I en un cromo de la época. Fotografía todocolección.com

Alsúa I pertenece a esa generación que sostuvo al Real Madrid cuando solo lo sostenía el orgullo. No hubo focos, ni alfombra roja, ni himno de la Champions; solo un campo embarrado y una camiseta que significaba algo. En cada partido, Alsúa I representaba la parte del Real Madrid que no se ve, la que no presume, la que trabaja. Y tal vez por eso su memoria es importante: porque en tiempos de mercenarios, recordar a quienes fueron fieles sin promesa de gloria es casi un acto de justicia.

Hoy, en los resúmenes del club, su foto aparece en blanco y negro: gesto sereno, mirada firme, la raya bien peinada. No hay arrogancia ahí, sino temple. El mismo temple que necesitaría el Real Madrid para sobrevivir a los años más duros de su historia. Por eso, cuando uno repasa los nombres que de verdad construyeron esta leyenda —Bernabéu, Molowny, Zárraga, Pahíño… y sí, Alsúa I— entiende que los cimientos del madridismo no son los trofeos, sino los hombres que creyeron antes de que hubiera motivos para creer.

Y si algún día vuelves a ver aquella foto antigua —Alsúa I mirando al horizonte con la camiseta blanca sin publicidad, sin firma ni contrato millonario— recuerda que en ese gesto serio y disciplinado se escondía la semilla del Real Madrid eterno. El club que jamás se rinde empezó con tipos así: silenciosos, leales, inmensos en su modestia. Antonio Alsúa Alonso. El mediocentro que sostuvo al Madrid cuando solo lo sostenía el orgullo.

Como siempre suelo decir: Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!

Sus datos en el Real Madrid, extraídos de la obra “Veteranos y Noveles” (Geoplaneta 2023) escrita por un servidor de ustedes, son:

 

NOMBRE: Antonio Alsúa Alonso.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 25 de octubre de 1919.

LUGAR DE NACIMIENTO: Irún (Guipúzcoa) España.

FALLECIMIENTO: 3 de abril de 1998.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 23 de marzo de 1941, amistoso, R. Madrid-Sevilla, 2-3.

DEBUT OFICIAL: 11 de mayo de 1941, Copa, R. Madrid-Celta, 2-2.

ÚLTIMO PARTIDO: 13 de junio de 1948, Copa Eva Duarte (final), R. Madrid-Valencia, 3-1.

TEMPORADAS: 8

PARTIDOS OFICIALES: 177

LIGA: 132

COPA: 42

COPA EVA DUARTE: 1

COPA PRESIDENTE: 2

VICTORIAS: 92, EMPATES: 31, DERROTAS: 54

TITULAR: 177

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 15.725

PARTIDOS COMPLETOS: 176

PARTIDOS AMISTOSOS: 48

GOLES: 46

PRIMER GOL: 11 de mayo de 1941, Copa, R. Madrid-Celta, 2-2.

ÚLTIMO GOL: 18 de abril de 1948, Copa, R. Madrid-Córdoba, 1-0.

REPÓKER: 1,

DOBLETES: 4

ASISTENCIAS: 57

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Real Unión de Irún, Real Madrid, Gimnástic de Tarragona, Lleida, Alavés.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Copas.

1 Copa Eva Duarte.

 

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EL CLUB DE LOS 100 | ALKORTA

23/10/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Rafa Alkorta. Fotografía HisotriasdelReal Madrid.com»

Hubo un tiempo en que los defensas centrales no necesitaban tatuajes, ni peinados patrocinados, ni cuentas verificadas. Les bastaba con una mirada. Una de esas miradas que hacían retroceder al delantero antes de que sonara el silbato. Rafa Alkorta era de esa especie. Su gesto era más el de un profesor serio que el de un gladiador, pero debajo de esa serenidad había acero. Acero vasco, por supuesto.

Rafa Alkorta: el caballero que vino del hierro

Nacido en Bilbao en 1968, formado en Lezama, Alkorta encarnó la quintaesencia del jugador del Athletic: compromiso, nobleza y una cierta solemnidad que, en Euskadi, se confunde con timidez. Su debut en Primera llegó en 1987, aún en pantalones largos de chaval, cuando los estadios olían a puro y bocadillo de tortilla. Muy pronto se ganó un lugar en la defensa rojiblanca, primero por obediencia táctica y después por jerarquía natural. El Athletic tenía esa virtud: te hacía hombre antes de que aprendieras a fingir.

A principios de los noventa, el Real Madrid buscaba equilibrio. Había talento a raudales, pero faltaba una pieza fiable atrás. Entonces miraron al norte y vieron en Alkorta al central perfecto: sobrio, serio y sin miedo a llevarle la contraria al delantero más valiente. Llegó al Bernabéu en 1993, y con él, un pedazo de la dignidad del fútbol vasco.

Allí encontró a Fernando Hierro, y entre ambos construyeron una sociedad defensiva que rozó la perfección. Uno era el trueno; el otro, la muralla. Hierro pegaba el grito, Alkorta corregía la línea. Hierro jugaba con fuego, Alkorta con brújula. Se entendían sin hablar, como las buenas parejas de baile. Durante años fueron la garantía de que, pasara lo que pasara arriba, atrás no se regalaba ni un metro.

Aquel Madrid de Valdano y luego de Capello vivía en una permanente contradicción: querían jugar bonito y ganar feo, o viceversa. En medio de ese ruido, Alkorta se convirtió en un oasis de sensatez. Nunca buscó la cámara, ni la frase ingeniosa. Cuando el Real Madrid ganaba, sonreía en silencio. Cuando perdía, salía a dar la cara. En eso también era diferente.

Rafa Alkorta jugando con la camiseta del Real Madrid. Fotografía Podium Podcast

Ganó dos Ligas y una Supercopa de España con el Real Madrid. No fue el más brillante ni el más mediático, pero pocos fueron más fiables. Su estilo era una mezcla de orden prusiano y ética bilbaína: no hacer el ridículo y no dejar que lo hicieran los demás. Mientras algunos compañeros competían por salir en la portada de Don Balón, Alkorta aspiraba a no salir en la foto del gol. Y eso, en un central, es síntoma de excelencia.

Pero el corazón, como el fútbol, tiene sus propios planes. En 1997 regresó al Athletic. No porque le faltasen ofertas ni minutos, sino porque hay amores que no se apagan ni con dos Ligas en el bolsillo. En Bilbao lo recibieron como se recibe a un hijo pródigo que vuelve con las manos limpias. Allí volvió a ser capitán, referencia y ejemplo de fidelidad. Esa temporada el Athletic quedó subcampeón y entró en la Champions. Alkorta lo celebró como si hubiera ganado el título.

En Alkorta, la identidad siempre pesó más que la vanidad. Y quizá por eso, en un club como el Real Madrid, que mide la historia en trofeos, su legado no se cuenta por copas, sino por respeto.

Su carrera internacional fue igual de sólida: 54 partidos con España, tres Mundiales (1990, 1994, 1998) y una Eurocopa. Jugó contra Maradona, Baggio, Klinsmann, Zidane… y ninguno le tomó el pelo. A veces le superaban, sí, pero nunca le humillaban. Porque si algo tenía Alkorta, además de oficio, era dignidad. Y eso no se entrena.

Cuando colgó las botas, no se disfrazó de entrenador iluminado ni de tertuliano gritón. Fue segundo de Míchel en el Olympiacos y en el Marsella, porque la lealtad también se practica en los banquillos. Luego volvió otra vez a casa, cómo no, como director deportivo del Athletic. Allí intentó modernizar la estructura sin renunciar a la esencia: cantera, esfuerzo, pertenencia. La cuadratura del círculo bilbaíno.

En lo personal, su vida ha sido tranquila, familiar, sin escándalos. Casado con Judith Atienza, padre de Iker y Anne, ha sabido mantenerse lejos del ruido. No vende cremas ni suplementos; no hace documentales sobre su infancia; no aparece en programas de tertulias afiladas y contradictorias que rozan el esperpento. Es un hombre de otra época, una época en la que el silencio todavía era una virtud.

A veces uno piensa que Alkorta habría encajado mejor en los años setenta, junto a los Benito, Pirri o Camacho, cuando los defensas eran tipos que se jugaban la pierna por el compañero. Pero tuvo la mala suerte (o la bendita) de nacer en una generación de transición: la que separó el fútbol obrero del fútbol escaparate. Y aun así, resistió sin travestirse.

El tiempo le ha dado la razón. Hoy, cuando uno ve centrales que se hacen selfies tras perder o que protestan al VAR mientras el rival marca, se echa de menos a tipos como él. Jugadores que sabían que la elegancia no está en el peinado, sino en llegar a tiempo al corte.

Rafa Alkorta fue un futbolista decente en una era que empezaba a perder la decencia. Y eso, en perspectiva, es mucho más grande de lo que parece. El fútbol de hoy le debe respeto a hombres así, los que no hicieron ruido pero sostuvieron el edificio. Los que no salían en los memes, sino en las fotos de grupo.

Quizá nunca gane un premio a la trayectoria, ni falte quien le recuerde con ese paternalismo de los que confunden discreción con falta de carisma. Pero el que haya visto un solo partido suyo sabrá que el fútbol también se juega desde el pudor. Que a veces el mejor gesto de un defensa es no tener ninguno.

Rafa Alkorta fue, y sigue siendo, un caballero del fútbol. Uno de los últimos. De los que despejaban con la cabeza y pensaban con el corazón.

Los números de Rara Alkorta en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: Rafael Alkorta Martínez.

POSICIÓN: Defensa central.

NACIMIENTO: 16 de septiembre de 1968.

LUGAR DE NACIMIENTO: Bilbao (Vizcaya) España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 6 de agosto de 1993, Trofeo Castilla-La Mancha, Albacete-R. Madrid, 0-1.

DEBUT OFICIAL: 4 de septiembre de 1993, Liga, Osasuna-R. Madrid, 1-4.

ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 14 de junio de 1997, Liga, R. Madrid-At. Madrid, 3-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 17 de junio de 1997, amistoso, R. Madrid-Mérida, 0-0.

TEMPORADAS: 4

PARTIDOS OFICIALES: 136

LIGA: 107

COPA: 10

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 3

COPA DE EUROPA: 5

RECOPA: 5

COPA DE LA UEFA: 5

COPA IBERIA: 1

VICTORIAS: 73, EMPATES: 30, DERROTAS: 33

TITULAR: 127

SUPLENTE: 9

SUSTITUDO: 2

MINUTOS: 11.597

PARTIDOS COMPLETOS: 125

PARTIDOS AMISTOSOS: 42

GOLES: 3

PRIMER GOL: 4 de octubre de 1995, liga, Valencia-R. Madrid, 4-3.

ÚLTIMO GOL: 2 de diciembre de 1995, liga, R. Madrid-Sevilla, 4-1.

ASISTENCIAS: 1

INTERNACIONAL: 54 veces con España.

TRAYECTORIA: Categorías inferiores del Athletic Club, Bilbao Ath., Athletic Club, Real Madrid, Athletic Club.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Ligas.

1 Supercopa de España.

 

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EL CLUB DE LOS 100 | ALFONSO

19/10/2025 por JaviDatos JaviDatos

Alfonso Pérez Muñoz nació el 26 de septiembre de 1972 en Getafe, cuando Getafe aún olía a fábrica y a barrio sin pretensiones. No imaginaba nadie que aquel chaval rubio, con pinta de buen hijo y tobillos de bailarín, acabaría dando nombre al estadio de su ciudad, aunque con una ironía que el tiempo convirtió en sainete: el campo del Getafe se llama Coliseum Alfonso Pérez, pero Alfonso nunca jugó en el Getafe. Lo de España y sus homenajes tiene siempre un aire de realismo mágico con resaca.

Alfonso Pérez Muñoz: el príncipe del área y la melancolía

Se formó en La Fábrica del Real Madrid, donde entró siendo casi un niño. En 1990, con 18 años, debutó con el primer equipo de la mano de Alfredo Di Stéfano. Eran los años de la transición del Madrid de la Quinta del Buitre hacia una generación más difusa. Alfonso se movía entre el filial y las esperanzas, con esa mezcla de clase y fragilidad que lo acompañaría siempre.

Jugó 119 partidos oficiales con el Real Madrid entre 1990 y 1995 y dejó destellos de delantero de culto: movilidad elegante, remate limpio y un aire de chico de barrio que jugaba al fútbol con zapatos buenos.

En 1995 el Real Madrid lo cedió al Real Betis Balompié, y allí encontró su jardín. En el Villamarín, entre el verde intenso y la nostalgia eterna del beticismo, Alfonso se convirtió en ídolo. Llevó al Betis a una final de Copa (1997) y fue Pichichi nacional de la Liga. Jugaba con ese aire de poeta del gol: no corría, flotaba; no chutaba, acariciaba el balón con violencia.

Su éxito fue tal que, en 2000, el FC Barcelona lo fichó. Alfonso no era del perfil que el Camp Nou idolatra. Su madridismo de base, su acento castizo y su honestidad lo hacían incompatible con el catecismo culé. Su paso se recuerda como un malentendido estético. Lo suyo era el Betis, no el boato.

Alfonso en acción durante un partido frente al Barcelona. Fotografía As.com

Volvió al Betis en 2002, cerrando el círculo con elegancia. En total, entre las dos etapas, sumó 59 goles en 189 partidos. Luego pasó por el Olympique de Marsella, una aventura breve y casi exótica, antes de retirarse en 2005.

Con España, Alfonso tuvo un idilio extraño pero luminoso. 38 internacionalidades y 11 goles, con momentos para el recuerdo:
– Su gol salvador ante Yugoslavia en la Eurocopa 2000 (aquel 4-3 demencial que revivió a España).
– Su diana en la fase final de la Euro 96.
– Y aquella imagen de niño grande celebrando con los brazos abiertos, mezcla de incredulidad y gozo.

Era el delantero de las ocasiones grandes, de los goles con título, pero no de los equipos con aureola. Una paradoja típicamente española.

Fuera del campo, Alfonso ha sido fiel a sí mismo: discreto, sensato, a veces políticamente incorrecto (en una época donde eso ya no cotiza). Vive entre Madrid y Toledo, ligado a su familia y a su nombre, que se mantiene en el estadio de Getafe como un eco amable. En entrevistas suele decir lo que piensa, sin envoltorios de prensa ni marketing. Eso le ha costado titulares, pero le ha mantenido auténtico.

Alfonso Pérez Muñoz fue —y es— uno de esos futbolistas que encarnan la elegancia sin arrogancia. No cambió la historia del fútbol español, pero la adornó con belleza. Jugó como quien recita: sin querer convencer, pero dejando huella.
El Real Madrid lo vio nacer; el Betis lo hizo eterno; y el Barcelona… bueno, el Barcelona fue su Erasmus.

Un delantero que prefería el arte a la estadística. Un romántico del gol. Y sobre todo, un tipo que demuestra que a veces los mejores no son los que ganan más, sino los que dejan más recuerdos que medallas.

Sus datos, extraídos del libro “Veteranos y Noveles” (Geoplaneta 2023) escrito por un servidor, son los siguientes:

NOMBRE: Alfonso Pérez Muñoz.

POSICIÓN: Delantero.

NACIMIENTO: 26 de septiembre de 1972.

LUGAR DE NACIMIENTO: Getafe (Madrid) España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 24 de febrero de 1991, Liga, R. Madrid-Zaragoza, 2-0.

ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 18 de junio de 1995, Liga, R. Madrid-Betis, 0-2.

ÚLTIMO PARTIDO: 9 de agosto de 1996, amistoso, R. Madrid-Torino, 1-1.

TEMPORADAS: 5

PARTIDOS OFICIALES: 119

LIGA: 89

COPA: 13

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 2

RECOPA: 4

COPA DE LA UEFA: 11

VICTORIAS: 70, EMPATES: 21, DERROTAS: 28

TITULAR: 48

SUPLENTE: 71

SUSTITUDO: 18

MINUTOS: 5.268

PARTIDOS COMPLETOS: 30

PARTIDOS AMISTOSOS: 51

GOLES: 22

PRIMER GOL: 1 de octubre de 1991, Copa de la UEFA, R. Madrid-Slovan de Bratislava, 1-1.

ÚLTIMO GOL: 22 de diciembre de 1994, Liga, Valladolid-R. Madrid, 0-5.

DOBLETES: 2

ASISTENCIAS: 11

INTERNACIONAL: 38 veces con España.

TRAYECTORIA: Categorías inferiores del Real Madrid, Castilla, Real Madrid, Betis, Barcelona, Olympique de Marsella, Betis.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

1 Liga.

1 Copa.

1 Supercopa de España.

1 Oro Olímpico.

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

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