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El Club de los 100

El Club De Los 100 | Barinaga

28/02/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Sabino Barinaga en una foto del archivo de Marca«

En la mitología moderna del Real Madrid hay monumentos instantáneos: Di Stéfano, Puskás, Raúl, Cristiano. Historias que encajan como piezas brillantes en una narración lineal de gloria. Pero antes de que todo eso fuera posible —antes incluso de que el Santiago Bernabéu se convirtiese en templo universal— hubo un jugador cuya biografía parece salirse de la propia historia del club y de la historia de España: Sabino Barinaga, el delantero que vino del exilio, marcó el primer gol en el Bernabéu y luego vivió varias vidas futbolísticas sin reclamar nunca un pedestal permanente.

SABINO BARINAGA, EL PRIMER GOL DEL ESTADIO

Barinaga nació el 15 de agosto de 1922 en Durango (Vizcaya), en un País Vasco inquieto y en ebullición. La Guerra Civil Española truncó vidas y desvió destinos. Como muchos niños, Sabino fue enviado al extranjero para escapar del horror: sus padres lo mandaron a Inglaterra con sus hermanos, ayudados por redes de evacuación infantil. Tenía apenas catorce años.

Allí, en un país donde el fútbol era ya un rito social profundamente arraigado, Barinaga descubrió el deporte con una intensidad difícil de explicar hoy. Jugando para su colegio y luego para equipos vinculados al Southampton FC, explotó con cifras absolutamente insólitas: más de sesenta goles en poco más de una docena de partidos con equipos de formación. Aquello no era una promesa; era una evidencia. El muchacho español no solo había sobrevivido al exilio: estaba aprendiendo el fútbol en un entorno mucho más avanzado que el que encontraría después al regresar.

Cuando la guerra terminó y Barinaga regresó a España, el país estaba devastado y el fútbol, desarticulado. En ese contexto, el joven delantero tomó una decisión decisiva: fichar por el Real Madrid. Debutó en Liga en 1940, siendo todavía casi un adolescente, pero con una experiencia impropia de su edad.

Su impacto fue inmediato. Barinaga no necesitó adaptación. Marcaba goles. Muchos. Goles útiles, goles que sostenían a un equipo que aún no era dominante, pero que empezaba a reconstruirse desde la necesidad. Durante diez temporadas, Sabino Barinaga fue uno de los pilares ofensivos del Real Madrid, acumulando 92 goles oficiales con el primer equipo. Ni uno más, ni uno menos. Noventa y dos.

Barinaga en una portada del diario Marca. Fotografía Marca.

En una época de campos embarrados, defensas durísimas y calendarios irregulares, esa cifra no es menor. Barinaga no fue un delantero de ráfagas, sino un goleador sostenido, constante, fiable. No jugaba para la galería. Jugaba para decidir partidos.

Si hay un momento que condensa su lugar en la historia del club, es uno muy concreto: el primer gol marcado en el estadio Santiago Bernabéu. Fue en diciembre de 1947, en un partido inaugural no oficial, y el autor fue Barinaga. No es una anécdota: es un símbolo. El primer gol del estadio que acabaría definiendo al club lo marcó un delantero que había llegado a Inglaterra como niño refugiado.

Barinaga también fue protagonista de partidos que hoy forman parte del imaginario colectivo, como la célebre semifinal de Copa del Generalísimo de 1943 frente al Barcelona, en la que marcó cuatro goles. No es un dato decorativo: es la constatación de que, cuando el contexto exigía personalidad y contundencia, Barinaga estaba ahí.

Conviene insistir en algo que a menudo se olvida: Barinaga no fue un delantero esteticista. No construyó su carrera sobre el regate ni sobre la fantasía. Era un jugador funcional, inteligente, con gran capacidad para moverse sin balón, aparecer en el momento justo y definir con rapidez. Sabía jugar de extremo, de interior, de segundo delantero. Donde hiciera falta.

Ese tipo de futbolista suele ser menos recordado que el virtuoso, pero es el que sostiene equipos. El Real Madrid de los años cuarenta no necesitaba artistas: necesitaba oficio. Y Barinaga lo tenía.

En una época en la que el reconocimiento pasaba casi exclusivamente por el rendimiento semanal, Sabino Barinaga construyó su prestigio lejos del escaparate internacional. No fue internacional con España, y eso no resta un gramo de valor a su trayectoria. Al contrario: explica mejor el contexto de un fútbol atravesado por inercias, criterios difusos y una selección que no siempre reflejaba el verdadero peso de los futbolistas en la competición doméstica. Barinaga fue importante donde de verdad contaba entonces: en su club, domingo a domingo, sosteniendo al Real Madrid de posguerra con goles y oficio.El final como jugador y la continuidad como profesional

Barinaga dejó el Real Madrid en 1950. No hubo drama ni conflicto público. Simplemente, el ciclo había terminado. Continuó su carrera como jugador en la Real Sociedad, donde aportó experiencia y goles durante varias temporadas, y cerró su etapa en activo en el Real Betis.

Pero lo verdaderamente revelador vino después.

A diferencia de otros exjugadores, Barinaga no desapareció del fútbol, pero tampoco se convirtió en personaje. Se hizo entrenador. Y ejerció como tal durante más de dos décadas, dirigiendo equipos de Primera y Segunda División con un perfil claro: profesional, serio, sin aspavientos.

Entrenó, entre otros, a Real Betis, Osasuna, Real Oviedo, Málaga CF, Valencia CF, Sevilla FC y Atlético de Madrid. También tuvo experiencias internacionales, entrenando en México y en selecciones africanas, en una época en la que eso no era habitual ni cómodo.

No fue un entrenador de grandes títulos, pero sí un técnico respetado, con recorrido, capaz de adaptarse a contextos muy distintos. Y, sobre todo, alguien que entendió el fútbol como un trabajo continuo, no como una plataforma de exhibición personal.

Barinaga murió en 1988, en Madrid. No dejó memorias, no frecuentó micrófonos y no reclamó reconocimiento tardío. Vivió su pasado con naturalidad y sin necesidad de validación externa. Quizá por eso su figura resulta hoy tan interesante. Porque encarna algo que el fútbol moderno ha ido perdiendo: la idea del profesional completo, que juega, entrena, trabaja y se va cuando toca. Sin ruido. Sin victimismo. Sin convertir su nombre en franquicia.

Sabino Barinaga no es una leyenda de bronce ni una figura de museo. Es algo más complejo y más valioso: un futbolista que atravesó la guerra, el exilio, la posguerra, el fútbol inglés, el Real Madrid de reconstrucción y los banquillos de medio mundo sin dejar nunca de ser un trabajador del oficio.

Marcó 92 goles con el Real Madrid. Marcó el primer gol del Bernabéu. Fue entrenador durante más de veinte años. Y nunca pidió aplausos por ello.

En un fútbol saturado de relato, recordar a Sabino Barinaga es un ejercicio de higiene histórica. Para separar el ruido del trabajo. El mito del hecho. La exageración del dato.

Sus datos en el Real Madrid, extradito de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023), escrita por un servidor, son estos:

NOMBRE: Sabino Barinaga Alberdi.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 15 de agosto de 1922.

LUGAR DE NACIMIENTO: Durango (Vizcaya) España.

FALLECIMIENTO: 19 de marzo de 1988.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 28 de abril de 1940, Liga, Athletic-R. Madrid, 3-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 21 de mayo de 1950, Copa, R. Madrid-Valladolid, 2-2.

TEMPORADAS: 11

PARTIDOS OFICIALES: 182

LIGA: 149

COPA: 33

VICTORIAS: 89, EMPATES: 36, DERROTAS: 57

TITULAR: 182

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 16.422

PARTIDOS COMPLETOS: 181

PARTIDOS AMISTOSOS: 62

GOLES: 92

PRIMER GOL: 6 de octubre de 1940, liga, R. Madrid-Hércules, 5-3.

ÚLTIMO GOL: 7 de mayo de 1950, Copa, Gimnástico de Tarragona, R.Madrid, 1-7.

HAT TRICKS: 7

DOBLETES: 11

ASISTENCIAS: 20

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Southampton, Real Madrid, Valladolid, Real Madrid, Real Sociedad, Betis.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Copas.

1 Copa Eva Duarte.

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

El Club De Los 100 | Bañón

22/02/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Bañon en acción defendiendo la portería del Real Madrid. Fotografía lagalerna.» 

El Real Madrid es un club que recuerda mucho y olvida rápido. Recuerda las Copas de Europa, las noches imposibles, los goles decisivos. Olvida, en cambio, a quienes sostuvieron el edificio cuando aún no era palacio sino andamio. José Bañón Gonzálbez pertenece a esa categoría incómoda: la de los futbolistas importantes que no reclamaron posteridad.

Bañón, el portero que se fue sin hacer ruido

Fue portero del Real Madrid en los años cuarenta. Dicho así suena remoto, casi arqueológico, como si habláramos de una era previa al fútbol moderno, cuando en realidad hablamos de los cimientos mismos del club que hoy se presume universal. Bañón fue titular, fue Zamora, fue internacional, fue garantía. Y, sin embargo, su nombre no se corea. No hay camisetas vintage con su dorsal. No hay documentales que lo rescaten cada aniversario. ¿Por qué? Porque Bañón cometió el mayor pecado posible en el fútbol contemporáneo: se fue.

No se fue por voluntad propia, claro. Se fue porque el cuerpo dijo basta. Problemas pulmonares. Una expresión seca que hoy se despacha en un parte médico y mañana se olvida. En la España de posguerra, sin embargo, eso era una condena seria. No una molestia. No una lesión superable. Una frontera. Bañón se retiró con 27 años, en plena madurez deportiva, cuando aún tenía fútbol por delante y prestigio ganado. Y ahí empieza la verdadera historia.

Antes conviene detenerse en lo que fue como futbolista. Bañón no fue un portero ornamental. No hay en su legado imágenes de vuelos innecesarios ni paradas diseñadas para el aplauso. Era un guardameta sobrio, valiente, de colocación impecable y con una cualidad hoy casi olvidada: seguridad. El defensa sabía que podía arriesgar porque detrás había alguien que respondía. El entrenador sabía que no iba a vivir al borde del infarto. Y la grada, entonces más exigente que indulgente, sabía reconocer al profesional fiable.

El Real Madrid de los cuarenta no era aún el imperio posterior. Era un club grande en un país devastado, con campos duros, viajes incómodos y un fútbol físico, áspero, poco dado al lucimiento. Ser portero en ese contexto no era una posición glamurizada: era una trinchera. Y Bañón la ocupó con solvencia durante seis temporadas. Ganó Copas, fue el menos goleado, defendió el escudo cuando hacerlo no implicaba contratos blindados ni homenajes asegurados.

Luego llegó la enfermedad. Y con ella, el silencio.

Hoy nos cuesta entender lo que significa una retirada sin transición. Estamos acostumbrados a que el futbolista nunca desaparezca del todo. Cambia de rol, de plató, de discurso, pero sigue ahí. El fútbol se ha convertido en una identidad permanente. En los años cuarenta no. En los años cuarenta el fútbol era una etapa de la vida, no una coartada vital. Cuando terminaba, se acababa. Y Bañón aceptó ese final sin dramatizarlo públicamente.

Aquí es donde su figura se vuelve verdaderamente interesante. Porque no hizo nada con su pasado. No lo explotó, no lo rentabilizó, no lo convirtió en argumento. Se fue a vivir una vida normal. Trabajó, formó una familia, protegió su intimidad. No reclamó atención, no exigió reconocimiento, no escribió memorias ni concedió entrevistas tardías. Desapareció del foco sin resentimiento visible.

Ese comportamiento, hoy, resulta casi incomprensible. Hemos construido un ecosistema donde la relevancia pasada otorga derecho a presencia perpetua. Donde el exjugador siente que el mundo le debe algo. Bañón no pensaba así. O, si lo pensó, no lo expresó. Entendió que el Real Madrid estaba por encima de su biografía y que su tiempo había terminado. Y se retiró también del relato.

Sobre su vida personal posterior se sabe poco. Y conviene subrayarlo: poco porque quiso, no porque se le negara. Vivió alejado del ruido, sin conflictos conocidos, sin escándalos, sin ajustes de cuentas. Su hermano fue árbitro, lo que apunta a una familia ligada al deporte desde el trabajo y no desde la exhibición. Una familia de oficio, no de espectáculo.

Ese silencio posterior no debe interpretarse como irrelevancia. Al contrario. Es una forma de dignidad que el fútbol moderno ha perdido casi por completo. La dignidad de quien no necesita explicarse. De quien acepta que una etapa fue importante, pero no eterna. De quien no exige que se le recuerde constantemente para validar lo que fue.

Bañón murió en 1987, a los 65 años. Sin homenajes multitudinarios. Sin relecturas sentimentales. El Real Madrid lo conserva en su memoria institucional, como corresponde. Pero no ha sido objeto de revisionismo ni de apropiaciones oportunistas. Y quizá por eso su figura sigue limpia. No ha sido desgastada por el exceso de relato.

Foto de época de Bañon. Fotografía de todocolección.

Conviene hacer aquí una reflexión incómoda. El fútbol actual vive obsesionado con la memoria selectiva. Se recuerda lo que conviene y se olvida lo que no genera rendimiento emocional inmediato. Bañón no encaja bien en ese esquema. No dejó una narrativa fácilmente explotable. No hay caída trágica ni redención posterior. No hay frase para la portada. Hay, simplemente, una carrera sólida y una retirada forzosa asumida con naturalidad.

Y sin embargo, su ejemplo es más necesario que nunca. En una época de victimismos constantes, de relatos inflados y de egos desbocados, recordar a Bañón es recordar que el profesionalismo también consiste en saber marcharse. Que no todo merece continuidad. Que no todo debe ser contado una y otra vez. Que la grandeza, a veces, está en la renuncia.

Bañón no pidió que lo recordaran, no exigió homenajes y no reclamó espacio. Precisamente por eso merece ser recordado. Porque representa una forma de entender el Real Madrid que hoy escasea: la del futbolista que sirve al club y no se sirve de él. La del profesional que entiende que el escudo no es una franquicia personal sino una responsabilidad temporal.

Hoy, cuando el fútbol se ha convertido en una conversación infinita y agotadora, su silencio resuena más que muchos discursos. No dejó frases célebres ni gestos icónicos. Dejó una portería bien defendida y una vida vivida con discreción. En un mundo que confunde visibilidad con importancia, eso es casi revolucionario.

Bañón fue un gran portero. Pero, sobre todo, fue algo más raro: un exfutbolista que aceptó dejar de serlo. Y en ese gesto, silencioso y definitivo, hay una lección que el fútbol moderno haría bien en aprender.

Sus datos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023), del que es autor un servidor, son los siguientes:

NOMBRE: José Bañón Gonzálbez.

POSICIÓN: Portero.

NACIMIENTO: 19 de julio de 1922.

LUGAR DE NACIMIENTO: Alicante. España.

FALLECIMIENTO: 21 de abril de 1987.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 19 de abril de 1943, amistoso, R. Madrid-R. Sociedad, 2-2.

ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 27 de abril de 1949, Copa, R. Madrid-Athletic, 1-3.

ÚLTIMO PARTIDO: 26 de junio de 1949, Trofeo Teresa Herrera, R, Madrid-Racing de Paris, 2-1.

TEMPORADAS: 7

PARTIDOS OFICIALES: 159

LIGA: 132

COPA: 27

VICTORIAS: 81, EMPATES: 30, DERROTAS: 48

TITULAR: 159

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 14.310

PARTIDOS COMPLETOS: 159

PARTIDOS AMISTOSOS: 48

GOLES ENCAJADOS: 225

PARTIDOS IMBATIDO: 40.

INTERNACIONAL: 1 vez con España.

TRAYECTORIA: Hércules, Elche, Real Madrid, Alicante.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Copas.

1 Copa Eva Duarte.

1 Trofeo Zamora.

 

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

El Club De Los 100 | Bale

15/02/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Bale con su quinta Champions. Fotografía Realmadrid.com»

Gareth Bale es, probablemente, el futbolista más malinterpretado de la historia reciente del Real Madrid. Y no porque su carrera admita demasiadas interpretaciones, los hechos son tozudos, sino porque el fútbol moderno no sabe muy bien qué hacer con alguien que gana mucho, decide poco y se marcha sin mirar atrás. Bale no encaja en el molde del héroe agradecido ni en el del villano resentido. Simplemente pasó, arrasó cuando quiso y se fue a jugar al golf.

Y eso, en este negocio, resulta insoportable.

GARETH BALE O CÓMO GANAR CINCO COPAS DE EUROPA SIN QUE TE IMPORTE DEMASIADO GUSTAR

Gareth Frank Bale nace en Cardiff en 1989. Su historia empieza lejos del foco, en Gales, ese país que produce futbolistas con cuentagotas y que, de repente, se encuentra con uno capaz de correr como un velocista, chutar como un mulo y decidir finales de Copa de Europa como quien pide un café.

En el Southampton debuta muy joven, primero como lateral izquierdo. Ya entonces se aprecia algo inquietante: Bale no solo corre más que los demás, sino que parece hacerlo con despreocupación, como si el esfuerzo fuera una molestia ajena. El Tottenham lo ficha pronto, y allí empieza la mutación definitiva: de lateral a extremo, de promesa a fenómeno.

En la Premier League, Bale se convierte en una fuerza de la naturaleza. Regates largos, arrancadas imposibles, goles desde fuera del área. En 2013 es uno de los mejores jugadores del mundo, sin discusión. Y entonces aparece el Real Madrid.

El Real Madrid ficha a Bale en el verano de 2013 por una cifra récord. No llega como complemento. Llega como apuesta estratégica: el heredero físico de Cristiano, el futuro del club, el jugador llamado a dominar Europa la siguiente década.

Lo curioso es que Bale nunca pidió ese papel. Se lo colocaron encima como se coloca una chaqueta demasiado grande. Él se la puso, hizo lo que pudo… y jamás fingió que le quedara perfecta.

Su primera temporada es, directamente, fundacional. Bale decide la final de Copa del Rey de 2014 con una carrera antológica por la banda, dejando atrás a Bartra (todavía le está buscando) como quien deja atrás un mal recuerdo. Ese gol no es sólo velocidad: es poder, determinación y una forma muy seria de anunciarse en el Real Madrid.

Semanas después, en Lisboa, en la final de la Décima, Bale marca el gol que rompe el empate en la prórroga. No es el más recordado, ese honor se lo lleva Ramos, pero es el gol que inclina la final. El Real Madrid gana su décima Copa de Europa y Bale ya está dentro de la historia grande del club.

Sin discursos. Sin proclamas. Sin prometer amor eterno.

Aquí conviene detenerse, porque el caso Bale suele naufragar cuando se llega a los números, que son un estorbo para el relato.

Con el Real Madrid, Gareth Bale gana títulos, muchos títulos y no como figurante. Bale marca en la final de Copa del Rey, en la final de Copa de Europa 2014, final del Mundial 2014, y final de Copa de Europa 2018 (dos goles, uno de ellos una chilena obscena)

Ese gol de Kiev —la chilena— es probablemente el mejor gol en una final de Copa de Europa de la historia (con permiso de Zidane y su volea). Bale entra desde el banquillo, no pregunta, no negocia protagonismo y ejecuta una obra de arte que decide el título. Y luego, como si nada, vuelve al segundo plano.

El problema no es lo que Bale hizo. El problema es que nunca pareció necesitar que se lo agradecieran.

A partir de cierto momento, la relación entre Bale y el entorno del Real Madrid se vuelve tensa. Lesiones, irregularidad, suplencias. Pero, sobre todo, una diferencia cultural insalvable: al madridismo le gusta que le quieran en público. Bale nunca jugó a eso.

No aprendió bien el español. No dio grandes entrevistas emocionales. No se entregó al folclore. Y encima tenía una afición imperdonable: el golf. El golf, ese deporte que el madridismo mediático decidió convertir en prueba pericial de desamor.

Bale no discutió esa caricatura. La dejó correr. A veces, incluso, la alimentó. El famoso episodio de la bandera “Wales. Golf. Madrid. In that order” fue recibido como una provocación. En realidad fue otra cosa: una muestra de indiferencia absoluta hacia el qué dirán.

Y eso, otra vez, es inadmisible.

Con Zidane, la relación fue profesional, correcta y fría. Zidane no necesitaba a Bale para explicar el fútbol. Bale no necesitaba a Zidane para sentirse futbolista. Cuando jugó, rindió. Cuando no, aceptó el banquillo con una mezcla de resignación y desinterés que desesperó a muchos.

Pero conviene insistir: nunca hubo un conflicto público grave. Hubo una desconexión emocional. Que no es lo mismo.

Con Gales, Bale fue otra cosa. Capitán, referente, líder. Lleva a su selección a una semifinal de Eurocopa en 2016, algo impensable en la historia del país. Ahí sí asume el papel de ídolo nacional. Porque era su gente, porque era su idioma, porque nadie le exigía representar un relato ajeno.

Gales fue el lugar donde Bale decidió implicarse emocionalmente. El Real Madrid fue el lugar donde decidió ganar.

Bale se marcha del Real Madrid en 2022. Lo hace tras ganar su quinta orejona. Se va sin lágrimas, sin homenajes impostados, sin cartas abiertas a la afición. Juega brevemente en la MLS, disputa un último Mundial con Gales y se retira.

No pide perdón. No explica nada. No reescribe su historia.

Bale haciendo su tipica celebración. Fotografía Independent.co.uk

Gareth Bale fue uno de los jugadores más decisivos en finales de la historia del club, un futbolista físicamente dominante, un ganador serial y un tipo al que nunca le importó demasiado gustar

Eso último es lo que más le cuesta perdonarle a cierta parte del madridismo. Porque Bale no jugó al juego emocional. Jugó al fútbol. Y cuando no le apeteció jugar más, se fue.

El pecado capital de Gareth Bale en el Real Madrid no fue lesionarse, ni jugar al golf, ni no hablar español perfecto. Fue algo mucho más grave: no necesitar el aplauso.

Ganó cinco Copas de Europa, decidió finales, marcó goles históricos… y nunca pidió que le levantaran una estatua. En un club que vive de la grandeza, Bale recordó algo incómodo: que se puede ser decisivo sin ser devoto.

Y quizá por eso su figura seguirá siendo discutida, porque el fútbol acepta muchas cosas, pero lleva fatal la independencia emocional.

Gareth Bale pasó por el Real Madrid como un huracán educado: entró, destrozó lo que tenía que destrozar y se fue a jugar al golf.

Mientras algunos todavía discuten si fue un fracaso, las vitrinas siguen contando cinco Champions.

El resto es ruido.

Sus datos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor, son los siguientes:

 

NOMBRE: Gareth Frank Bale.

POSICIÓN: Extremo izquierda.

NACIMIENTO: 16 de julio de 1989.

LUGAR DE NACIMIENTO: Cardiff (Gales).

NACIONALIDAD: Gales.

DEBUT: 14 de septiembre de 2013, Liga, Villarreal-R. Madrid, 2-2.

ÚLTIMO PARTIDO: 9 de abril de 2022, Liga, R. Madrid-Getafe, 2-0.

TEMPORADAS: 8

PARTIDOS OFICIALES: 258

LIGA: 176

COPA: 13

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 3

COPA DE EUROPA: 57

SUPERCOPA DE EUROPA: 3

MUNDIAL DE CLUBES: 6

VICTORIAS: 167, EMPATES: 49, DERROTAS: 42

TITULAR: 208

SUPLENTE: 50

SUSTITUDO: 91

MINUTOS: 18.191

PARTIDOS COMPLETOS: 115

PARTIDOS AMISTOSOS: 25

GOLES: 106

PRIMER GOL: 14 de septiembre de 2013, Liga, Villarreal-R. Madrid, 2-2.

ÚLTIMO GOL: 22 de agosto de 2021, Liga, Levante-R. Madrid, 3-3.

PÓKER: 1,

HAT TRICKS: 3

DOBLETES: 15

ASISTENCIAS: 58

INTERNACIONAL: 111 veces con Gales.

TRAYECTORIA: Southampton, Tottenham, Real Madrid, Tottenham, Real Madrid, Los Ángeles SC.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

3 Ligas.

1 Copa.

3 Supercopas de España.

5 Copas de Europa.

3 Supercopas de Europa.

4 Mundiales de Clubs.

 

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

El Club de los 100 | Atienza II

05/02/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Ángel Atienza -Atienza II-. Fotografía Hemeroteca Real Madrid.» 

La historia del Real Madrid no la escriben solo los nombres que caben en una pancarta. La escriben también —y a veces sobre todo— los futbolistas que sostuvieron el edificio mientras otros se llevaban los aplausos. Jugadores sin pose, sin relato prefabricado, sin necesidad de explicarse treinta años después. Ángel Atienza Landeta, conocido futbolísticamente como Atienza II, pertenece a esa estirpe silenciosa y esencial: la de los que ganaron Europa antes de que Europa supiera que estaba siendo conquistada.

ATIENZA II, EL DEFENSA QUE GANÓ EUROPA Y SE FUE A PINTAR EL MUNDO

Atienza II no fue una estrella y, sin embargo, ganó cinco Copas de Europa con el Real Madrid. No fue un icono pop y, sin embargo, fue defensa titular en el Madrid que inventó la hegemonía continental. No fue tertuliano, ni columnista, ni portavoz de sí mismo. Se retiró, cambió el balón por el arte y desapareció del foco con una elegancia que hoy parece ciencia ficción.

En tiempos de fútbol sobreactuado, conviene recordar a tipos así.

Ángel Atienza nace en Madrid en 1931. Cuando llega a la élite, el fútbol no es un escaparate global ni un laboratorio de marketing. Es un oficio duro, físico, con campos pesados y reglas que hoy resultarían directamente salvajes. El defensa no está para construir relatos, sino para ganar duelos. Y Atienza lo entendió pronto.

Antes de llegar al Real Madrid, pasa por clubes como la SG Lucense y el Real Zaragoza, donde se forma como futbolista de Primera División. No llega como promesa etérea, sino como defensa ya hecho, con cuerpo, lectura de juego y una cualidad que en los años cincuenta era oro puro: fiabilidad.

Atienza ficha por el Real Madrid en 1954, justo cuando el club empieza a construir algo que todavía no tiene nombre, pero sí ambición. Ese Madrid no es aún el mito cerrado que hoy conocemos; es un equipo en expansión, con Di Stéfano como eje, Gento como vértigo y una defensa que debía sostener un fútbol ofensivo, atrevido y, para la época, revolucionario.

Ahí aparece Atienza II. Defensa, sobrio, disciplinado, sin alardes innecesarios. No es el central que sale en la foto, sino el que permite que la foto exista. En aquellos años, el Real Madrid no gana desde el control estético, sino desde el equilibrio entre talento y orden. Y Atienza es orden.

Forma parte del equipo que gana la primera Copa de Europa en 1956, y también de los que ganan la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta. Cinco seguidas. Una barbaridad que el fútbol moderno, con toda su ingeniería, todavía no ha sido capaz de repetir. Atienza está ahí, temporada tras temporada, como parte de una defensa que hace posible que el Madrid ataque sin complejos.

No todos juegan todas las finales. No todos son portada. Pero todos forman parte del mecanismo. Y Atienza lo fue.

Además de las Copas de Europa, Atienza gana Ligas y Copas Latinas con el Real Madrid. Compite en una época en la que no hay rotaciones amables ni discursos de gestión emocional. Se juega, se gana o se pierde, y se vuelve a empezar. El fútbol no perdona la debilidad, y menos aún en un club que empieza a acostumbrarse a ganar.

Atienza nunca fue un futbolista vistoso. Y eso, paradójicamente, le convierte en un futbolista muy del Real Madrid. Porque el club siempre ha necesitado —junto a los genios— jugadores que no estorben al genio. Que sepan cuándo cerrar, cuándo cubrir, cuándo no complicarse la vida. En la historia blanca hay muchos nombres así. Atienza es uno de los primeros.

El apodo de Atienza II no es caprichoso ni folclórico. Su hermano, Adolfo Atienza, también fue futbolista profesional y también jugó en el Real Madrid. Coincidieron en la plantilla, lo que obligó a diferenciarlos. Nada más. No hay marketing familiar ni saga impostada: hay dos hermanos jugando al fútbol al máximo nivel en una época durísima.

Que ambos llegaran al Real Madrid dice bastante del contexto: el club fichaba futbolistas hechos, no relatos.

Atienza se retira en 1960, con apenas 29 años. Hoy eso parecería una excentricidad. Entonces era una decisión razonable. El fútbol no ofrecía carreras eternas ni planes de vida posteriores garantizados. Y Atienza tenía algo que muchos futbolistas no tenían: una vocación fuera del balón.

Porque aquí llega uno de los giros más fascinantes de su biografía.

Tras dejar el fútbol, Ángel Atienza se dedica de lleno a su otra gran pasión: el arte plástico. No como hobby de domingo ni como distracción de exjugador nostálgico, sino como profesión seria. Trabaja en mosaicos, vidrieras, murales. Expone. Deja obra en espacios públicos. Se gana la vida con ello.

Es un tránsito tan radical como honesto. Del ruido del estadio al silencio del taller. De la táctica defensiva a la composición artística. Sin explotar su pasado futbolístico como reclamo. Sin entrevistas de autocelebración. Atienza no convierte su carrera en mercancía. Simplemente cambia de vida.

Hay algo profundamente elegante en eso.

De la vida privada de Atienza se sabe lo justo, y eso también dice mucho. Fue un hombre familiar, discreto, alejado del foco. Vivió en Madrid hasta su fallecimiento en 2015, a los 84 años. No buscó homenajes ruidosos ni discursos póstumos. Su legado estaba hecho.

Atienza II representa varias cosas que el fútbol moderno ha ido perdiendo:

– La idea de que no todos los héroes llevan capa. – Que se puede ganar muchísimo sin ser protagonista del relato. – Que el fútbol es un oficio, no una identidad totalitaria. – Que se puede salir del juego con dignidad y empezar otra vida sin drama.

En la historia del Real Madrid, Atienza es uno de esos nombres que conviene recordar cuando se habla de “ADN”, de “valores” o de “historia”. No porque diera discursos, sino porque estuvo cuando había que estar. Porque defendió cuando tocaba defender. Porque ganó cuando ganar era una rareza europea.

Y porque, cuando todo terminó, no necesitó contárnoslo.

En un club construido sobre la grandeza, Atienza II fue grande sin hacer ruido. Y eso, con los años, es una forma muy seria de eternidad.

Los datos en el Real Madrid de Atienza II, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) escrita por un servidor, son los siguientes:

NOMBRE: Ángel Atienza Landeta.

POSICIÓN: Defensa.

NACIMIENTO: 16 de marzo de 1931.

LUGAR DE NACIMIENTO: Madrid. España.

FALLECIMIENTO: 25 de agosto de 2015

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 2 de agosto de 1954, amistoso, R. Madrid-Murcia, 6-0.

DEBUT OFICIAL: 17 de octubre de 1954, Liga, Sevilla-R. Madrid, 1-0.

ÚLTIMO PARTIDO OFICIAL: 28 de septiembre de 1958, Liga, Celta-R. Madrid, 2-4.

ÚLTIMO PARTIDO: 16 de marzo de 1960, amistoso, R. Madrid-Indauchu, 3-0.

TEMPORADAS: 6

PARTIDOS OFICIALES: 99

LIGA: 73

COPA: 14

COPA DE EUROPA: 11

COPA LATINA: 1

VICTORIAS: 66, EMPATES: 14, DERROTAS: 19

TITULAR: 99

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 8.894.

PARTIDOS COMPLETOS: 98

PARTIDOS AMISTOSOS: 52

GOLES: 0

ASISTENCIAS: 0

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Viveiro, Lucense, Real Zaragoza, Real Madrid, Toluca.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

3 Ligas.

5 Copas de Europa.

2 Copas Latinas.

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El Club de los 100 | Álvaro Arbeloa

15/01/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Álvaro Arbeloa con la Champions. Fotografía Realmadrid.com»

En el fútbol contemporáneo abunda una especie particularmente ruidosa: el exjugador que, una vez retirado, se dedica a explicarnos su carrera como si hubiera sido una epopeya homérica… y, de paso, a cobrarse en tertulias lo que no cobró en autoestima. En ese ecosistema de vanidad con micro, Álvaro Arbeloa es una rara avis: no fue el más fino, ni el más eléctrico, ni el más viral, pero sí algo mucho más escaso en el mundo del balón: un profesional con brújula moral y sentido institucional.

ÁLVARO ARBELOA: EL CANTERANO QUE VOLVIÓ CON LA CABEZA EN SU SITIO

Arbeloa no se entiende desde el highlight, sino desde el oficio. Y el oficio —como la decencia— no suele llevar música de fondo.

Nacido en Salamanca el 17 de enero de 1983, Arbeloa pertenece a esa estirpe de futbolistas que crecen sin prometer el oro y el moro y acaban sosteniendo, por abajo, estructuras que otros decoran por arriba. Su carrera, con sus curvas, tiene una coherencia interna: formación, trabajo, emigración, regreso, títulos, retirada sin circo y vuelta al club para educar lo que el fútbol moderno amenaza con deseducar.

Arbeloa es canterano del Real Madrid. Entra en la cantera y se incorpora al Juvenil A, iniciando su carrera madridista desde abajo. No hablamos de una visita guiada ni de una anécdota para la Wikipedia: hablamos de años de formación, de competir en el filial y de entender, a base de rutina y golpes de realidad, una verdad que define al club: aquí el escudo no protege, exige.

En aquella etapa, Arbeloa vive además un hito relevante: el ascenso del Castilla a Segunda División (temporada 2004-05), un logro que para un canterano tiene el sabor del barro y la épica verdadera, no la de marketing.

Y llega el momento que fija su condición en piedra: debut oficial con el primer equipo el 17 de octubre de 2004, en Liga, ante el Betis, en el Benito Villamarín. Ese debut es importante no por su peso estadístico, sino por su carga simbólica: Arbeloa cruza la puerta principal, aunque el club de aquellos años —con el primer equipo blindado por fichajes— no fuera precisamente una autopista para laterales del filial.

Al canterano Arbeloa, en todo caso, no lo define lo que le dieron, sino lo que aprendió: orden táctico, disciplina competitiva y esa austeridad mental de quien entiende que el fútbol es un trabajo antes que una identidad de postureo.

En 2006, Arbeloa sale del Real Madrid y encuentra minutos y oficio en el Deportivo. No hay portazos épicos ni lamentos de telenovela: hay carrera profesional. Ese paso por el Dépor es el puente lógico entre el canterano que compite y el futbolista que se gana la vida en la élite.

El salto al Liverpool llega en enero de 2007. Hay constancia pública del acuerdo y del traspaso en aquellos días, tratado como una operación relevante. Y en Anfield, Arbeloa se convierte en lo que siempre fue: un defensa fiable. En Inglaterra no se vive del regate lírico; se vive de resistir, de interpretar, de ser útil cuando el partido se rompe. Arbeloa encaja y se consolida. Es un futbolista que no compone sinfonías, pero no desafina; y eso, en la Premier, es un diploma.

En 2009 vuelve al Real Madrid ya hecho, curtido, sin necesidad de prometer nada. Su segunda etapa como madridista (la de la gloria grande) se resume con una cifra oficial: 238 partidos oficiales con el club y 56 internacionalidades con España.

En el Real Madrid, Arbeloa representa una figura que el fútbol moderno desprecia y luego echa de menos: el jugador que entiende el rol. Ni estrellas ofendidas por el banquillo ni poetas del lateral. Arbeloa fue lateral derecho (a veces izquierdo) de contexto, de partido grande, de entrenador. No necesitaba tocar veinte veces la pelota para sentirse vivo; le bastaba con que el equipo no se partiera.

Y en esa etapa llegan los títulos, que son el idioma del Real Madrid. Gana, entre otros, dos Copas de Europa (2014, 2016) y la Liga 2011-12. Su palmarés madridista está recogido por el propio club en su perfil histórico, donde se subraya su condición de “alma de líder” y su peso como leyenda del Real Madrid.

Con la selección, Arbeloa forma parte del triplete histórico Euro-Mundial-Euro (2008, 2010, 2012). Que no sea el héroe de los posters no cambia el dato duro: estuvo en ese ciclo y suma 56 internacionalidades. Arbeloa fue el tipo de internacional que valora el seleccionador que quiere dormir: el que no improvisa, el que no se desconecta, el que entiende que defender también es un arte, aunque no venda camisetas.

Su último capítulo como jugador es el West Ham United inglés. Y en junio de 2017 anuncia su retirada. Está documentado: decide dejarlo tras una etapa final complicada y sin la motivación necesaria para seguir. Se retira sin arrastrarse por “ligas exóticas” para inflar el currículum o la cuenta corriente: otra rareza, otra decisión coherente.

De su vida privada, lo relevante es precisamente lo que no hay: escándalo, exhibicionismo, drama prefabricado. Arbeloa está casado con Carlota Ruiz y han sido padres de cuatro hijos. Es un dato menor para el juego, pero mayor para el retrato: en un deporte que a menudo fabrica personajes histriónicos, Arbeloa mantiene un perfil familiar y discreto.

Y aquí aparece el Arbeloa que completa el círculo: el que vuelve al club, no a la nostalgia. Tras su etapa en la cantera como entrenador, el Real Madrid comunicó oficialmente que Arbeloa sería entrenador del Castilla a partir de la temporada 2025-26, destacando sus logros previos: el triplete con el Juvenil A en 2022-23 (Liga, Copa del Rey y Copa de Campeones).

Ese dato es capital porque revela que Arbeloa no vive del carnet de exjugador: trabaja, compite, gana y asciende en la estructura. Y lo hace desde una lógica muy madridista: exigencia, orden, responsabilidad.

Arbeloa es, al final, una figura que desconcierta a quien necesita que el fútbol sea solo un entretenimiento sin memoria. Porque Arbeloa es canterano, pero no romantiza la cantera: la entiende como escuela de carácter. Fue profesional, pero no vendió su carrera como una saga épica. Ganó, pero no se apropió de lo colectivo. Se retiró, pero no se convirtió en un predicador del yo.

En el Real Madrid —club donde todo se mide en grande— Arbeloa encarna algo que no sale en los resúmenes: la dignidad del oficio. Y en un fútbol cada vez más lleno de relato y cada vez más vacío de seriedad, eso vale casi tanto como una copa.

Arbeloa celebrando un título en Cibeles. Fotografía Realmadrid.com

Los datos de Arbeloa en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) de la que es autor un servidor, son estos:

 

NOMBRE: Álvaro Arbeloa Coca.

POSICIÓN: Lateral derecho.

NACIMIENTO: 17 de enero de 1983.

LUGAR DE NACIMIENTO: Salamanca. España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 11 de noviembre de 2003, 75º aniversario del Valladolid, Valadolid-R. Madrid, 0-0.

DEBUT OFICIAL: 16 de octubre de 2004, Liga, Betis-R. Madrid, 1-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 8 de mayo de 2016, Liga, R. Madrid-Valencia, 3-2.

TEMPORADAS: 8

PARTIDOS OFICIALES: 238

LIGA: 156

COPA: 33

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 2

COPA DE EUROPA: 46

MUNDIAL DE CLUBES: 1

VICTORIAS: 178, EMPATES: 33, DERROTAS: 27

TITULAR: 206

SUPLENTE: 32

SUSTITUDO: 34

MINUTOS: 18.258

PARTIDOS COMPLETOS: 167

PARTIDOS AMISTOSOS: 47

GOLES: 6

PRIMER GOL: 13 de febrero de 2010, liga, Xerez-R. Madrid, 0-3.

ÚLTIMO GOL: 29 de abril de 2015, liga, R. Madrid-Almería, 3-0.

ASISTENCIAS: 15

INTERNACIONAL: 56 veces con España.

TRAYECTORIA: Categorías inferiores del Real Madrid, Castilla, Real Madrid, Deportivo de la Coruña, Liverpool, Real Madrid, West Ham United.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

1 Liga.

2 Copas.

1 Supercopa de España.

2 Copas de Europa.

1 Supercopa de Europa.

1 Mundial de Clubes.

2 Eurocopas.

1 Mundial.

 

 

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El Club de los 100 | Antonio Bonet

08/01/2026 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Antonio Bonet.»

Hay futbolistas que nacen con vocación de mito y otros que se ven obligados a ejercer de hombres. Antonio Bonet pertenece a esta segunda estirpe, mucho más incómoda para la historiografía simplista y para el aficionado de Wikipedia rápida. Bonet no fue una leyenda en el sentido moderno del término —no tuvo marketing, ni épica en Technicolor, ni nostalgia televisiva—, pero fue algo que hoy escasea: un futbolista del Real Madrid cuando ser del Real Madrid no garantizaba nada, salvo problemas.

ANTONIO BONET O CUANDO EL REAL MADRID AÚN NO ERA INMORTAL

Nacido en 1908 en Caudiel, un pueblo castellonense que no figura en los mapas sentimentales del fútbol español, Bonet llegó al Real Madrid en 1930. Aquel Madrid no era aún el coloso global, pero sí un club con vocación aristocrática, con gusto por el juego limpio, con una elegancia que se confundía a menudo con fragilidad. El Bernabéu aún no era Bernabéu. Chamartín era un campo y no un templo. Y España era un país que confundía el futuro con la bronca.

Bonet jugaba de centrocampista. Conviene detenerse aquí. Ser centrocampista en los años treinta no tenía nada que ver con las coreografías actuales ni con los mapas de calor. Era correr, chocar, recibir patadas, ordenar el juego y desaparecer de la crónica. Era sostener al equipo sin aplausos. Bonet hizo eso durante más de una década, acumulando más de ciento treinta partidos oficiales con el Real Madrid, ganando Ligas, Copas y campeonatos regionales en una época en la que el fútbol todavía se jugaba con barro, miedo y convicción.

Compartió vestuario con Ricardo Zamora, icono y personalidad avasalladora, y no desentonó. Eso ya dice mucho. Porque convivir con Zamora exigía carácter, silencio y oficio. Bonet tenía las tres cosas. No era el que gritaba, ni el que posaba, ni el que salía en la foto. Era el que estaba. Y en el fútbol (como en la vida), estar cuando todo se desmorona es una forma elevada de heroísmo.

Luego llegó la Guerra Civil. Y aquí es donde Antonio Bonet se convierte en una figura profundamente incómoda para el relato oficial del antimadridismo militante. Porque Bonet jugó en el Real Madrid durante la República, vivió la guerra en Madrid y continuó vinculado al club después, sin cambiar de camiseta ideológica según soplara el viento. Eso, en España, era casi una provocación.

La guerra le sorprendió en Madrid. No hay constancia de grandes discursos, ni de gestos altisonantes, ni de posicionamientos de salón. Bonet hizo lo que hicieron muchos españoles anónimos: sobrevivir. Participó en partidos benéficos, jugó cuando el fútbol servía para algo tan básico como distraer del hambre y del miedo, y se mantuvo al margen de la épica impostada que tanto gusta reconstruir décadas después, cuando ya no hay riesgo personal.

Antonio Bonet en segundo plano durante un entrenamiento del Real Madrid.

Algunos quisieron etiquetarlo como “republicano”. Otros, más tarde, prefirieron olvidarlo. Ambas cosas son igual de injustas. Bonet fue, ante todo, futbolista del Real Madrid. Y eso, durante la República, durante la guerra y durante la posguerra, no encajaba bien en ningún relato cómodo. De hecho, Bonet fue el último jugador del Real Madrid en activo procedente de aquella etapa republicana. Un vestigio viviente que desmonta la fantasía de un club nacido de una dictadura que aún no existía cuando él ya vestía de blanco.

Tras abandonar el Real Madrid en 1940, Bonet siguió ligado al fútbol. Jugó y entrenó en Granada, dirigió al Murcia, al Córdoba, al Hércules, al Levante, a la Cultural Leonesa, al Badajoz, al Caudal… España entera cabe en su currículum. No la España de los despachos, sino la de los campos modestos, los viajes interminables y los vestuarios sin calefacción. Fue entrenador de oficio, no de dogma. Enseñó fútbol sin evangelizar. Trabajó sin hacer ruido.

Nunca buscó reconocimiento. Nunca reclamó memoria. Nunca se apuntó al victimismo retrospectivo tan rentable hoy. En lo personal fue discreto, aficionado a la pesca, hombre de pueblo incluso cuando había conocido la élite. Murió en 1993, cuando el fútbol ya había iniciado su mutación hacia el espectáculo permanente, las tertulias histéricas y la superioridad moral por decreto.

Y quizá por eso Antonio Bonet importa tanto hoy. Porque representa un Real Madrid anterior a la propaganda, anterior a la demonización sistemática, anterior a la caricatura política. Un Real Madrid que no necesitaba justificarse porque simplemente existía. Un club que atravesó la República, la guerra y la posguerra sin renunciar a su identidad ni a su elegancia. Un club que sobrevivió porque tuvo futbolistas como Bonet: sobrios, resistentes, silenciosos.

El Real Madrid no se construyó solo con Copas de Europa. Se construyó también con hombres como Antonio Bonet, que jugaron cuando no había focos, que resistieron cuando el país se rompía y que no pidieron nada a cambio. Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia: es un acto de higiene histórica.

Porque mientras algunos siguen empeñados en contar la historia del fútbol español como una fábula moral con buenos y malos perfectamente definidos, Antonio Bonet sigue ahí, atravesando el relato como una piedra en el zapato. Y eso, precisamente eso, es profundamente madridista.

Sus números en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: Antonio Bonet Silvestre.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 14 de agosto de 1908.

LUGAR DE NACIMIENTO: Caudiel (Castellón). España.

FALLECIMIENTO: marzo de 1993.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 22 de junio de 1930, amistoso, Valencia-R. Madrid, 1-3.

DEBUT OFICIAL: 14 de septiembre de 1930, Campeonato Regional, R. Madrid-Nacional, 4-2.

ÚLTIMO PARTIDO: 30 de junio de 1940, Copa (Final), R. Madrid-Espanyol, 2-3.

TEMPORADAS: 7

PARTIDOS OFICIALES: 131

            LIGA: 58

            COPA: 40

            CAMPEONATO REGIONAL: 5

            CAMPEONATO MANCOMUNADO: 28

            VICTORIAS: 90, EMPATES: 18, DERROTAS: 23

TITULAR: 131

SUPLENTE: 0

SUSTITUDO: 0

MINUTOS: 11.820

PARTIDOS COMPLETOS: 131

PARTIDOS AMISTOSOS: 35

GOLES: 1

ÚNICO GOL: 18 de octubre de 1931, Campeonato Mancomunado, Valladolid-Madrid FC, 0-6.

ASISTENCIAS: 2

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Granada, Real Madrid.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

2 Ligas.

2 Copas.

1 Campeonato Regional.

5 Campeonatos Mancomunados.

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EL CLUB DE LOS 100 | ÁNGEL DE LOS SANTOS

03/12/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Ángel De Los Santos. Fotografía DBfutbol»

Hay futbolistas que nacen con pósters, focos, bailes en TikTok, tatuajes de 400 euros la línea y la autoestima inflada desde infantiles. Y luego está Ángel de los Santos. Uno de esos hombres que defendieron el escudo del Real Madrid en una época en la que la palabra profesional significaba sacrificio, sudor y silencio, no campañas de marketing, documentales de Amazon o rituales de influencer.

ÁNGEL: EL MEDIOCENTRO QUE PREFERÍA LEER A POSAR

Nació en Huelva, tierra de sal, pescadores y dignidad obrera, el 3 de noviembre de 1952, y llegó al fútbol sin promesas mesiánicas ni panfletos épicos. Ni La Fábrica, ni clubes élite, ni padrinazgos: simplemente un chaval al que se le daba bien recuperar balones y al que jamás le tembló la pierna en un campo embarrado con la lluvia entrando de lado. Un trabajador, uno de esos que hoy llamaríamos, con tono de superioridad millennial, un perfil gris. Gris… pero fundamental.

Su carrera empezó en el Recreativo de Huelva, luego San Andrés, después Jaén, todos ellos en Segunda División, donde descubrió que el centro del campo no es glamour: es guerra. Donde aprendió que hay que morder, pero con clase. Donde entendió que la humildad manda porque el fútbol, como la vida, se encarga de humillar a quien se cree imprescindible.

Y sin embargo —o precisamente por eso— un día llegó el salto grande: la UD Salamanca. Ahí brilló. No como genio técnico, ni como mago del balón, sino como lo que era: un futbolista fiable, inteligente, tácticamente educado sin necesidad de entrenador espectáculo. Un jugador que hacía mejores a los de alrededor sin gritarlo al mundo.

Ese Salamanca fue su trampolín. Y en 1979, el Real Madrid —el de verdad, el que no tenía community manager ni cuentas de Instagram ni psicólogo deportivo para explicar por qué un córner mal sacado puede traumatizarte— llamó a su puerta.

Y Ángel entró.

Los números dicen mucho, pero en su caso dicen lo necesario: 235 partidos con el Real Madrid entre 1979 y 1985. Una Liga, dos Copas del Rey, la Copa de la Liga, y la legendaria Copa de la UEFA de 1985, esa que celebró con una pierna escayolada mientras el resto alzaba el trofeo en el césped. Una imagen preciosa del fútbol antiguo: el héroe que sufre en la sombra sin reclamar aplausos.

En su primera temporada lo jugó todo: Liga, Copa, Copa de Europa. Era titularísimo. El tipo llegó sin ruido y se ganó su espacio sin pedir permiso, a golpe de criterio, pulmones y responsabilidad.

No era Juanito, ni Santillana, ni Cunningham; no era luz, era engranaje. No era póster: era cimental.

Y aun así dejó momentos grabados en oro merengue. Uno de ellos, el gol en la final de Copa del Rey de 1982 ante el Sporting: entró al campo en el minuto 52, y cinco minutos después marcó el 2-1 que acabó siendo definitivo. Un gol sin épica estética, pero con la épica real de lo que vale: títulos.

Ángel De Los Santos. Elsitiodemiscromos.com

Ángel tenía algo raro para su tiempo y totalmente escandaloso para la actual fauna futbolística: le gustaba leer.

Mientras otros apuntaban a la discoteca, él terminaba un capítulo. Mientras algunos jugaban al mus en las concentraciones, él hojeaba un libro. No porque quisiera jugar a intelectual —eso habría sido insoportable— sino porque entendía que el cerebro hay que alimentarlo igual que las piernas.

Era también bilingüe. Hablaba inglés —no el inglés de «my friend, my friend» que hoy exhiben los influencers del balón, sino el inglés real—. Y eso permitió algo inolvidable: fue uno de los pocos que logró hacer sentir bienvenido a Laurie Cunningham, jugador inglés que llegó al club y referente de elegancia. Ángel fue puente cultural en un vestuario que, aunque no lo parezca, podía ser una jungla silenciosa.

Si hubiera jugado hoy, lo habrían invitado a tertulias, podcasts culturales, entrevistas profundas. En los años 80 del siglo XX, simplemente jugaba y callaba.

Y qué descanso produce, visto desde el 2025.

No sólo jugaba: pensaba el fútbol. Y pensarlo le llevó a defender a los futbolistas desde dentro.

Formó parte de la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE). No en foto, sino activamente. Fue vicepresidente. Peleó por condiciones dignas en un tiempo en que el futbolista medio podía acabar arruinado cinco años después de retirarse.

Cuando hubo que hacer huelga, la hizo. No buscó quedar bien con prensa o afición. Entendió que los derechos no se defienden con miedo.

Hoy, con contratos millonarios, representantes, psicólogos de rendimiento y abogados en nómina, su compromiso parece casi romántico.

El final en el Madrid llegó sin drama, como llegan las cosas inevitables: edad, nuevas generaciones, nuevas dinámicas. Se fue en 1985. Aún jugó una temporada más en Salamanca, y después, mientras otros se empeñaban en seguir arrastrándose por categorías bajas para evitar enfrentarse a la vida real, Ángel hizo algo excepcional: colgó las botas y empezó otra vida.

Se instaló en Salamanca. Crió a sus hijos. Montó una asesoría fiscal. Trabajó. Vivió. La fama no lo poseyó ni le pidió pleitesía. Él la dejó marchar sin miedo.

Eso requiere carácter. Mucho más del que exige un derbi.

¿Quién es Ángel de los Santos hoy?

No es un mito mediático. No sale en tertulias chilladas. No vive del recuerdo impostado. Vive como un hombre que hizo bien su trabajo donde le tocó, y después siguió adelante sin convertir su pasado en pedestal ni prisión.

Representa un tipo de futbolista que ya casi no existe: el futbolista adulto.

No el personaje, no el producto, no el algoritmo.

Un jugador que sabía que el fútbol era parte de su vida, no toda su identidad.

Un madridista sin estridencias. Un profesional sin escaparate. Un hombre con cabeza, piernas y principios.

 

Los datos de Ángel de los Santos en el Real Madrid, extraídos de la obra Veteranos y Noveles (Geoplaneta 2023) escrita por un servidor de ustedes, son los siguientes:

NOMBRE: Ángel de los Santos Cano.

POSICIÓN: Centrocampista.

NACIMIENTO: 3 de enero de 1952.

LUGAR DE NACIMIENTO: Huelva. España.

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 4 de agosto de 1979, amistoso, Maastrich-R. Madrid, 1-1.

DEBUT OFICIAL: 9 de septiembre de 1979, Liga, R. Madrid-Valencia, 3-1.

ÚLTIMO PARTIDO: 7 de abril de 1985, Liga, R. Madrid-At. Madrid, 0-4.

TEMPORADAS: 6

PARTIDOS OFICIALES: 235

LIGA: 161

COPA: 30

COPA DE LA LIGA: 7

SUPERCOPA DE ESPAÑA: 2

COPA DE EUROPA: 17

RECOPA: 9

COPA DE LA UEFA: 9

VICTORIAS: 131, EMPATES: 54, DERROTAS: 50

TITULAR: 213

SUPLENTE: 22

SUSTITUDO: 22

MINUTOS: 19.393

PARTIDOS COMPLETOS: 185

PARTIDOS AMISTOSOS: 67

GOLES: 13

PRIMER GOL: 16 de diciembre de 1979, Liga, Málaga-R. Madrid, 1-4.

ÚLTIMO GOL: 22 de febrero de 1984, Copa, Deportivo-R. Madrid, 2-1.

ASISTENCIAS: 23

INTERNACIONAL: No.

TRAYECTORIA: Recreativo de Huelva, Sant Andreu, Real Jaén, Salamanca, Real Madrid, Salamanca.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

1 Liga.

2 Copas.

1 Copa de la Liga.

1 Copa de la UEFA.

 

Les dejo como siempre: Ser el Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!

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EL CLUB DE LOS 100 | AMANCIO

05/11/2025 por JaviDatos JaviDatos

«Imagen. Amancio en acción durante un partido. Fotografía Linkedln.»

Amancio Amaro Varela nació en La Coruña el 16 de octubre de 1939, en una España que aún respiraba polvo y cartillas de racionamiento. De niño, jugaba al fútbol en cualquier descampado donde cupiera un balón, y como casi todos los gallegos de su generación, lo hizo con más hambre que medios. Tenía la humildad de los orígenes duros y la ambición de quien sabe que en la vida, o regateas o te arrollan. Fue en el Victoria Club de Fútbol donde empezó a despuntar, a los quince años, y en el Deportivo de La Coruña donde se convirtió en un talento imposible de esconder. En la temporada 1961–62 fue máximo goleador de Segunda División, y su nombre empezó a circular entre los grandes como el de un extremo que hacía magia por la derecha. Por eso, cuando el Real Madrid llamó a su puerta en 1962, no era un capricho: era destino.

Amancio. El brujo

Aquel fichaje fue, dicen, una epopeya. El Madrid de Bernabéu necesitaba renovar la piel tras la era de Di Stéfano y Puskás, y Amancio era el elegido. El Deportivo lo vendió como quien se desprende de una joya familiar: caro, con lágrimas y orgullo. Al llegar a la capital, Raimundo Saporta lo recibió con sorna castiza. Amancio llevaba una cazadora de piel vuelta, de esas que en A Coruña daban abrigo y aquí daban tema, y Saporta le soltó: “¿Dónde has dejado las ovejas?”. El gallego sonrió, tomó nota, y se dedicó a driblar hasta que nadie volvió a reírse de él.

En el campo fue un artista. El Brujo, le llamaron, porque parecía tener pacto con el balón. Jugaba por la derecha, con esa mezcla de elegancia y mala intención que tienen los elegidos. No sólo regateaba, también humillaba, pero con estilo. “Me llamaban chupón y a mucha honra”, dijo una vez. Cada jugada era un desafío, un reto personal contra el aburrimiento. Su fútbol tenía algo de danza y algo de rebelión. En el Madrid ganó nueve Ligas, tres Copas y la Sexta Copa de Europa, la de los yeyés, aquella en la que un equipo de muchachos españoles volvió a levantar el trofeo más grande del continente. Fue el símbolo de una transición, el hilo blanco que cosió las glorias del pasado con las del futuro.

Con la selección española también dejó huella: 42 partidos, 11 goles y una Eurocopa en 1964, la única que España conquistó hasta los años de Iniesta. Formaba parte de una generación de hombres serios, con el cabello engominado y la mirada limpia, que jugaban sin tatuajes, sin redes sociales y sin representante, pero con un sentido del honor que hoy parece ciencia ficción.

Al retirarse en 1976, Amancio no se marchó. Era de esos jugadores que no entienden la jubilación porque el balón no se va de la sangre. Se quedó en el club, primero formando a jóvenes y luego dirigiendo al Castilla. Allí hizo algo que pocos recuerdan como merece: ganó la Segunda División con un equipo filial. Y más aún, descubrió y formó a la Quinta del Buitre. Míchel, Butragueño, Martín Vázquez, Sanchís, Pardeza… todos pasaron por sus manos. Él los miraba como un padre mira a sus hijos cuando aprenden a conducir: con orgullo y con temor. Los enseñó a jugar con inteligencia, con clase, con ese orgullo callado que había mamado desde niño.

En 1984 subió al primer equipo como entrenador. No tuvo suerte. El banquillo blanco siempre fue un potro de tortura, y ni siquiera un mito como él pudo domarlo. Lo cesaron al año siguiente, sin rencor pero con la herida que dejan las cosas injustas. Sin embargo, su vínculo con el Real Madrid siguió intacto. En 2000 Florentino Pérez lo incorporó a la Junta Directiva, y en 2022, ya con el cabello blanco y la mirada sabia, fue nombrado Presidente de Honor del club. El círculo se cerraba como debía: con respeto, gratitud y memoria.

Fuera del campo, Amancio fue discreto. Casado con Consuelo Vicente Noya, tuvo seis hijos —Óscar, Belén, Amancio, Patricia, Marcos y Claudia— y una docena de nietos. Pasaba los veranos en Oleiros, en su casa de Santa Cristina, donde se le podía ver paseando por la playa, sin escoltas ni aspavientos. Uno de sus nietos llegó incluso a jugar en el juvenil del Madrid, como si el destino quisiera mantener la estirpe. No fue hombre de fiestas ni de titulares: fue de los que preferían el café tranquilo, la conversación breve y el trabajo bien hecho.

El 21 de febrero de 2023 murió en Madrid, a los 83 años. El club entero lo despidió con honores. Florentino Pérez habló de él con voz temblorosa: “Llevaba al Real Madrid en su corazón”. En los homenajes se mezclaban veteranos y niños, gallegos y madrileños, todos conscientes de que se iba un trozo de historia. En el Bernabéu, las fotos de aquel extremo con cara de chico bueno y mirada desafiante recordaban que hubo un tiempo en que el fútbol era arte y no negocio.

Amancio con los trofeos que conquistó con el equipo. Fotografía Realmadrid.com

Amancio fue eso: arte, coraje y decencia. Un hombre que vivió el fútbol como se vive la vida cuando se tiene carácter: sin hacer ruido, pero dejando huella. Fue el puente entre el Madrid de Di Stéfano y el de la Quinta, entre el barro gallego y el mármol del Bernabéu. Y sobre todo, fue el ejemplo de que el talento, cuando va acompañado de humildad, puede convertirse en leyenda.

Hoy su nombre está en la historia blanca como un conjuro: Amancio, El Brujo. El hombre que hizo del regate una forma de resistencia y del Real Madrid su segunda piel.

Sus números en el Real Madrid, extraídos de la obra “Veteranos y Noveles” (Geoplaneta 2023) y escrita por un servidor son los siguientes:

NOMBRE: Amancio Amaro Varela.

POSICIÓN: Extremo derecho.

NACIMIENTO: 16 de octubre de 1939.

LUGAR DE NACIMIENTO: A Coruña. España.

FALLECIMIENTO: 21 de febrero de 2023

NACIONALIDAD: España.

DEBUT: 19 de agosto de 1962, amistoso, Black Stars-R. Madrid, 3-3.

DEBUT OFICIAL: 5 de septiembre de 1962, Copa de Europa, R. Madrid-Anderlecht, 3-3.

ÚLTIMO PARTIDO: 16 de mayo de 1976, liga, R. Madrid-At. Madrid, 1-0.

TEMPORADAS: 14

PARTIDOS OFICIALES: 471

LIGA: 344

COPA: 58

COPA DE EUROPA: 52

RECOPA: 11

COPA DE LA UEFA: 4

COPA INTERCONTINENTAL: 2

VICTORIAS: 264, EMPATES: 107, DERROTAS: 100

TITULAR: 469

SUPLENTE: 2

SUSTITUDO: 45

MINUTOS: 37.329

PARTIDOS COMPLETOS: 384

PARTIDOS AMISTOSOS: 97

GOLES: 155

PRIMER GOL: 16 de septiembre de 1962, Liga, Betis-R. Madrid, 2-5.

ÚLTIMO GOL: 27 de marzo de 1976, Liga, R. Madrid-Sporting, 2-0.

HAT TRICKS: 6,

DOBLETES: 16.

ASISTENCIAS: 122

INTERNACIONAL: 42 veces con España.

TRAYECTORIA: Deportivo de la Coruña, Real Madrid.

TÍTULOS CON EL REAL MADRID:

9 Ligas.

3 Copas.

1 Copa de Europa.

1 Eurocopa.

2 Trofeos Pichichi.

Archivado en: El Club de los 100, Nuestra Historia, Nuestros Jugadores

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